Si es madre, ya no es tan bella

Los concursos de belleza siguen generando polémica. Pero atraen a un público que los admira como un espectáculo, un circo romano donde se aplaude y se grita a categorías tan discutidas como son la belleza y la fealdad. Lo lindo y lo feo parecen convivir hace décadas con las reglas del mercado publicitario. Y los concursos son parte del decorado de una fiesta donde el objeto es la propia mujer. También del hombre, pero en menor escala. A ellas les dicen cuáles son las medidas exactas que debe tener algunos rincones de su cuerpo, como una perfecta geometría humana; les enseñan cómo hablar (no hay que “hablar mal”) y qué ropa vestir. Y además tienen prohibido estar casadas, tener hijos o personas a cargo. En todo caso, la mujer debe ser una especie de trofeo a conseguir por la mirada del publico, al acceso de cualquiera, en los minutos que dura la fantasía de un espectáculo. No se admite ninguna mueca que dé lugar a la faceta humana o, en este caso, a ser una joven madre, como cualquiera que empuja un carro con un bebé por la calle. Hace poco ya hubo un intento de cambiar estas reglas que son medievales dentro de este mundo cada vez más diverso en cuanto a sexualidad, inclusión y construcciones. Pero el intento quedó a medias. Tamara Fernández, una joven de Centenario, había ganado el concurso de Miss Mundo Neuquén. Ella ya había dicho (y de hecho hay fotos con su hija en Facebook) que era madre. Pero por su condición la despojaron del trono. En el medio, hubo polémica y hasta presiones para que se dejara de hablar de un tema que no sólo alcanza para debatir paradigmas culturales, sino también complejos entramados donde la política, a veces, justifica hasta un concurso de belleza.

El concurso de belleza es un sistema que sigue vigente. ¿Lo sostiene el mercado o la misma política?

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