Hace una década, no despedíamos el año con los mejores augurios sino con el dolor latente por la peor tragedia de nuestra historia. El estupor y el espanto que generó Cromañón, pensamos y dijimos entonces, habría de cambiar, para siempre, la manera de cuidarnos en los recitales. Pero también en los bares, en los estadios, en cualquier lugar que reúna multitudes.
¿Alguien se anima a decir hoy, diez años después, que no es posible repetir semejante horror? ¿Se dejó de lado la corrupción policial que permitió aquel desborde? ¿Son hoy eficaces los controles del Estado que no se habían realizado en un lugar que metió miles de personas apenas la noche anterior, con la misma banda y los mismos seguidores bengaleros jugando con fuego? ¿Aprendimos a cuidarnos nosotros y al de al lado respetando las normas aunque no nos caigan simpáticas? ¿Somos capaces de apagar la música en el medio de la fiesta? Eterno niño, nuestro país está expuesto a repetir sus tragedias porque poco aprende de ellas. Es mucho más fácil, y sanador, echarle la culpa al otro, pedir penas ejemplificadoras y no hacerse cargo.
Cromañón tuvo sus responsables. Algunos estuvieron presos, otros están libres, otros murieron. Tal vez no era que reciban una condena firme lo más importante para la sociedad, sino entender que no debíamos dejar que pasara nunca más. Que sea un punto de inflexión para pensar en el bien común mucho antes que en el bolsillo propio. La fiebre por endurecer las exigencias de los locales en todo el país ya bajó varios grados. Tal como irá ocurriendo con las construcciones en Neuquén a dos años de la Cooperativa Obrera. Está en nuestras manos no dejar que esas tragedias sean solo eso.


