Lo que pasó ayer en el barrio TCI con los Felipitos Soazo, primos de los Bin Laden, era previsible y hasta esperable.
Después de un intento de robo, los vecinos, indignados, prendieron fuego la casa de los Soazo, provocando daños de consideración en la vivienda. La Policía se tuvo que llevar a dos integrantes de la conflictiva familia en carácter de detenidos para resguardar su integridad física.
Esto que pasó lo advertimos el pasado 25 de julio en la columna “Vecinos en guerra”. En ese texto contamos que en el barrio TCI no querían más a esta familia y la Junta Vecinal había remitido notas a la Policía, Fiscalía y Ministerio de Seguridad.
“De continuar la tensión entre las partes en pugna, solo podemos esperar más violencia”, aseveramos.
Lo dicho no es porque nos dediquemos al tarot, a la lectura de las manos o a la futurología, es algo más simple que eso: observamos la realidad.
En el TCI todos los elementos estaban dispuestos. Por un lado, una familia con sus hijos en conflicto con la ley, que no ha sido abordada por el Estado para tratar de rescatar a los jóvenes. Por el otro, vecinos que quieren vivir en paz y que se cansaron de ser víctimas. En ese contexto de tensión, un fósforo bastaba para desatar el fuego, y así pasó.
Ahora, en medio de una coyuntura adversa, seguramente se saldrá a dar una respuesta parcial a la problemática para descomprimir, pero es seguro que eso no se transformará en una solución a largo plazo.
El Estado tiene hoy el gran desafío de realizar un abordaje integral de la familia Soazo, porque de lo contrario lo único que lograrán será criminalizarlos para sacarse el problema de encima.


