Un grupo de veinte jóvenes duerme frente a la Municipalidad y a la Escuela de Música. Se definen como una “comunidad de chicos de la calle” y aseguran que “cada uno aporta lo suyo para poder sobrevivir”. Para subsistir “andamos cirujeando, pedimos comida, revolvemos la basura, y a veces tenemos que salir a robar”.
Los jóvenes dicen que en numerosas ocasiones han pedido asistencia del Estado: “Nunca nos dieron respuesta”. El Ministerio de Desarrollo Social de la provincia y la Secretaría de Desarrollo Humano de la Municipalidad deberían ser los coordinadores de una acción de redunde en políticas públicas.
Hay un camino hacia el que vamos y es donde rige la más absoluta ley de la selva.
La sociedad es una construcción. Se hace cada día, fomentando la esperanza, la empatía, el respeto por la vida y la convicción de que somos todos o no es ninguno.
En su momento, las organizaciones no gubernamentales (ONG) y las iglesias de distintos credos que integran el Consejo Provincial de Niñez, Adolescencia y Familia (Copronaf) manifestaron su “hartazgo” por la falta de cumplimiento de políticas para los chicos. Denunciaron la ausencia de representantes.
Tanto el ministro de Desarrollo Social, Alfredo Rodríguez, como la Secretaría de Desarrollo Humano, Yenny Fonfach, no son ajenos a la ausencia de prevención social, y yo no quiero que la foto vuelva a ser el camión de la UESPO reprimiendo a estos jóvenes.
¿Cuesta tanto despojarse de las miradas pequeñas? ¿Cuesta tanto entender que la fórmula de este proceso está en el consenso, el aporte sincero y en la humildad de la participación?
Parece que cuesta más de lo que creemos.


