Superpasión, poco fútbol

La imagen que dejó un nuevo Superclásico preocupa. Está claro que hoy River festeja y no piensa en la falta de pimienta de su equipo, ni en cómo le hicieron precio a un rival entregado. Es a Boca al único que le costó amigarse con la almohada el sábado a la noche, viendo cómo revertir esa imagen de equipo descontrolado, pasado de vueltas, pensando más en alguna venganza tardía que en el arco de enfrente y en el fútbol, que es, al fin y al cabo, lo que debería unir a millones frente a la TV cada vez que se cruzan dos de los equipos más importantes del mundo. Pero, ya se nota mucho, en estas tierras el juego va perdiendo por goleada ante la pasión, el motor que explica cómo, en un deporte manchado por la corrupción, en el que todo se duda, con el negocio superando al juego desde hace rato, con violencia, estadios incómodos y una sangría de jugadores cada vez más profusa, aún haya pocas cosas tan trascendentes como esos 90 minutos.
Esa pasión que el hincha contagia desde la tribuna domina las piernas del jugador más pintado. Y cada Boca-River se ha vuelto una guerra. No es nuevo. Los clásicos entregaron decenas de batallas y de héroes de pierna fuerte, pero en los últimos encuentros se ve cómo, dentro y fuera de la cancha, los ánimos se caldearon demasiado.
El hincha de la Banda dirá que fue Boca el único que pegó el sábado, que siempre fue así, que no aprenden más. El del Xeneize recordará las patadas de Vangioni y de Ponzio, se quejará de que aquella vez el árbitro fue blando y que a sus jugadores no se los mide con la misma vara. Lo dirán convencidos. Lo dirán apasionados. Con ese fervor que generó once rojas en los últimos tres amistosos de verano, un escándalo sin precedentes en el cruce copero, y pone en riesgo el origen de este juego que tanto nos conmueve: el fútbol.

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