| Por Humberto Zambon Un precursor fue Francis Bacon (1561-1626), un gigante intelectual de la época, que se opuso a la acumulación metálica como finalidad, sobre lo que escribió “el dinero es como el estiércol: no es bueno a no ser que se desparrame”. Además, y según parece, fue el primero en utilizar el concepto de “balanza comercial” para determinar el resultado neto del comercio con el resto del mundo. Thomas Mun fue director de la Compañía de las Indias Orientales, una de las principales empresas de la época, y estaba interesado en defender los negocios comerciales de la Compañía con el exterior. Escribió en 1620 el “Discurso del comercio de Inglaterra con las Indias Orientales” y luego “El tesoro de Inglaterra mediante el comercio exterior”, publicado póstumamente por su hijo en 1664. Aquí defiende el hecho de importar materias primas para luego, con valor agregado local, exportarlas: “Así, si contemplamos los actos de un labrador en la siembra, cuando arroja el grano abundante y bueno en la tierra, lo tomamos más por un loco que por un labrador; pero cuando pensamos en su tarea en la época de cosecha, que es el final de sus esfuerzos, descubrimos el mérito y pingüe producto de sus actos”. El instrumento que desarrollaron es la Balanza Comercial (exportaciones menos importaciones de bienes y servicios) que forma parte de la Balanza de Pagos. Esta última se divide en dos capítulos: el primero, la Cuenta Corriente, que incluye a la exportación e importación de mercancías, los ingresos y egresos por los servicios como fletes y seguros, a los pagos y cobros por intereses, dividendos y regalías y a las transferencias de los residentes de un país a otro (ítem que tiene gran importancia en algunos países latinoamericanos por la gran cantidad de emigrantes que trabajan en el exterior, especialmente en Estados Unidos). El segundo capítulo es la Cuenta Capital, que registra las entradas y salidas de capital. La regla de funcionamiento de la Balanza de Pagos es: los ingresos de dinero (exportaciones, entradas de capital, etc.) son positivos y las salidas (importaciones, salidas de capital) son negativas. En general, si la Cuenta Corriente es positiva, la Cuenta Capital es negativa y viceversa; la diferencia entre los valores absolutos de ambas se manifiesta en el aumento o disminución del oro y las divisas que posee un país (las reservas monetarias). Mun escribió: “… no es la gran cantidad de oro y plata lo que constituye la verdadera riqueza de un Estado, ya que en el mundo hay países muy grandes que cuentan con abundancia de oro y plata y que no se encuentran más cómodos ni son más felices”. Y para lograr la grandeza precisó: “El medio normal de aumentar nuestra riqueza y tesoro es mediante el comercio exterior, por lo que debemos seguir siempre esta regla: vender cada año más a los extranjeros de lo que consumimos de ellos en valor… Manteniendo esta norma en nuestro comercio, podemos estar seguros de que el reino será enriquecido anualmente en doscientas mil libras, que nos llegarán como tesoro, porque esta parte de nuestra producción que no vuelve a nosotros en mercancías debe volver necesariamente a casa en tesoro”. Esta fue la norma del imperialismo inglés (y de todos los imperialismos): exportar capital (cuenta capital negativa) que se compensa con exportaciones mayores que las importaciones (cuenta corriente negativa) que asegura trabajo y ganancias a la actividad local. En nuestro país, durante mucho más que cien años, las importaciones superaron a las exportaciones (cuenta corriente negativa) por lo que se debió compensar con ingresos de capitales (préstamos o inversiones extranjeras) lo que generó, a su vez, intereses y remesas de utilidades que agravaron aún más el carácter negativo de la cuenta corriente, obligando a un mayor endeudamiento en un círculo vicioso de dependencia y endeudamiento que explotó en el año 2001. La situación se agravó especialmente durante dos períodos: 1976-1983 y 1991-2001. En el primero de ellos, para combatir a la inflación se liberó a la economía y se estableció la “tablita” cambiaria de Martínez de Hoz, que fomentó las importaciones y castigó a la industria nacional, aumentando el endeudamiento y extranjerizando la economía, hasta finalizar con la crisis de la deuda de 1983. En la segunda, Domingo Cavallo (con Menem y luego con De la Rúa) trató de hacer algo parecido, pero con un mayor grado de liberalismo explícito, como fue la experiencia de la convertibilidad. El resultado final fue también parecido, pero en este caso con una crisis mucho más profunda y dolorosa. La crisis del año 2001 produjo una gran devaluación del peso, permitiendo reconstruir la industria y crecer las exportaciones mientras que el mismo mercado limitaba las importaciones. En los años siguientes, el mantenimiento de un tipo de cambio favorable permitió conservar una cuenta corriente positiva, disminuyendo el endeudamiento y aumentando las reservas monetarias del Banco Central, en coincidencia con los consejos que dio Mun en el siglo XVII. ¡Cómo debemos lamentar los argentinos que ni José Martínez de Hoz ni Domingo Cavallo jamás hayan leído a Thomas Mun! |


