Traigan copas, que amor sobra

La imagen del fin de semana, si de deportes hablamos, claro, fue la de Federico Delbonis bañado en champagne festejando frente a ese grupito de hinchas argentinos que los bancó de visitantes en Italia, abrazado con otro grupito, menos numeroso, que había hecho posible un nuevo pase a las semifinales de la Copa Davis. Es, el de Delbo, un mojón más en la historia reciente del equipo copero, que viste de héroes a jugadores que pasan años lejos del brillo de las grandes luces y se ganan las tapas cuando defienden los colores argentinos, mostrando su amor por la camiseta mientras persiguen una corona que ya es una obsesión. Mucho más famoso, y más rico, Juan Martín del Potro había sumado para el punto clave del dobles. Su carrera es otra, pero el impulso es el mismo: ganar un título para el país. No importan los millones. La gloria no tiene precio.

Aún los más millonarios deportistas argentinos siguen demostrando amor por la celeste y blanca.

El sábado se supo que Carlos Delfino volverá a jugar al básquet después de más de tres años. No lo hará en la NBA, en la que ganaba una millonada cada año, sino en los Juegos Olímpicos en los que se bañó de oro en Atenas 2004. Junto a Manu, el Chapu y Luifa, Carlitos despedirá a la Generación Dorada en el torneo que los hizo inmortales.

No estarán en Río las superestrellas de la selección de fútbol. Las que postergaron sus vacaciones para sacarle la mufa en la Copa América de Estados Unidos. Ellos, todos supermillonarios, dejaron de lado el descanso en el Mundial de Brasil, en la Copa de Chile y también este año. Pero, pequeño gran detalle, no lograron ninguno de los tres títulos.

Aunque las finales perdidas en fila los haya puesto en penitencia y no se salve ni el Mascherano que supo ser héroe nacional, todos son ejemplos de que la camiseta celeste y blanca sigue teniendo ese qué sé yo que todavía se conserva en medio de tanto negocio.

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