En el esquema que se desprende de la industria petrolera, la contracara del trabajo rudo parece ser el entretenimiento aislado y casi autómata que solo se vive en los casinos, ese lugar deslumbrante donde el éxito y el fracaso hacen equilibrio en una cuerda floja. La noticia de la instalación de salas de juego a la vera de la Ruta 7 de Centenario -hoy convertida en el vía petrolera paradigmática de Vaca Muerta- tiene algo de lógica. Está dentro de lo que sucedió en Rincón de los Sauces y poco más tarde en Añelo, con comunidades que han naturalizado la industria de la ganancia y el derroche, el lujo y la pobreza. Esto muestra a las claras que Centenario está cambiando su matriz productiva y social, que desde su fundación estaba forjada por la fruticultura, el contacto vecinal y el valor del trabajo. Hoy un estudio de diagnóstico, a cargo del Consejo Federal de Inversiones y el Colegio de Arquitectos, intenta entender qué pasará con las nuevas relaciones humanas, el crecimiento poblacional y la economía, luego de este fenómeno que, por momentos, parece ser tan ficticio como real, como es Vaca Muerta. Si se produce, el cambio será violento: habrá abundante dinero circulando solo para un sector. Se revalorizarán las propiedades, muchas de mala calidad, e incluso se podrían hasta comprar zonas enteras de muy bajo valor para construir edificios y viviendas “en tira”. El casino y la promesa de victoria en el azar son como el gran sueño americano. Si alguien pudo ganar, no hay que resignarse si una mayoría pierde. Una encuesta de este diario que contó con 1.750 votos, arrojó que el 60% no adhiere a las salas de juego. Llama la atención ese 40% que, a esta altura, debe haber asimilado que Centenario ya no es el mismo.


