Un pequeño paso

Era una noche tranquila de domingo y nos refugiábamos de la lluvia persistente en una redacción semidesierta.

Era una noche tranquila de domingo y nos refugiábamos de la lluvia persistente en una redacción semidesierta. Fue entonces cuando llegó el dato. “Encontraron a una chica tirada en barrio Hipódromo, con un balazo atrás de la oreja. Averiguá qué pasó”, me dijo Tomás, a cargo de Policiales ese día.

Entonces salí a averiguar algo y llegué al hospital Castro Rendón bajo la lluvia torrencial. “Acá no está. No tenemos camas”, me dijeron, e insistí en la guardia. Mientras tanto, Tomás decía por teléfono frases cortadas como “pérdida de masa encefálica” y “casi muerta”.

En la guardia me paré detrás de una pareja en la fila de la recepción. Ellos, mojados y nerviosos, le dijeron a la enfermera que eran los padres de Noemí Maliqueo y yo interrumpí ese momento delicado para preguntarles qué le había pasado a su hija. Contestaron que sólo sabían que estaba internada. Yo asentí, sin atreverme a contarles que Noemí no se salvaría.

La habían derivado a la Clínica Pasteur, donde me negaron el acceso. Fui, de todos modos, al día siguiente. Fui, después, todos los días a hablar con sus padres, su tío y sus amigos, mientras ellos se aferraban a ese estado crítico como si ahí hubiera una esperanza. Entre el olor a desinfectante de los pasillos de la Pasteur me contaban que había movido apenas un dedo o que parecía que los estaba escuchando. Yo les preguntaba por ella y me cuidaba de formular los interrogantes en presente. ¿Cómo es? ¿Qué le gusta? ¿Qué sueña para el futuro?

En la redacción, mis compañeros averiguaban sobre Resorte Valdez, su pasado delictivo y su apodo de “Mataconchas”, un nombre que se ganó como si maltratar mujeres fuera algo de lo que pavonearse. La familia también apuntaba a él, la ex pareja de Noemí, a la que conocían como Omar Campos.

Cuando la chica murió, también fui al velorio a conseguir una foto de ella, con la incomodidad de asistir a un evento íntimo al que no estaba invitada. Mientras observaba de lejos el cuerpo inerte, descansando para siempre en una diminuta iglesia evangélica, Juan Maliqueo se derrumbó en un llanto amargo y yo me preguntaba si me correspondía darle un abrazo. “Lo vamos a publicar, lo van a encontrar, se va a hacer justicia”, le decía en un susurro, pensando que era una mentira que podía reconfortarlo.

El miércoles, un juicio por jurados declaró a Resorte Valdez culpable de femicidio. Aunque sea un fallo histórico que sienta un precedente para el futuro, para la familia de Noemí es apenas una victoria agridulce. Pero es una victoria, un pequeñísimo paso para que dejen de matarnos y una señal débil de que la Justicia entiende que las mujeres son víctimas de una sociedad que las considera descartables.

Recorrer las clínicas bajo la lluvia, acompañar varios días de agonía y asistir a un velorio sin invitación nos son tareas gratas; son labores necesarias para quien comprende que los medios son las herramientas fundamentales para transformar la realidad. La lucha de la familia y nuestra insistencia fueron dos granitos de arena en la primera condena por femicidio en Neuquén. Nuestra cobertura también es un primer paso, uno de los muchos que estamos dispuestos a hacer para que cada día haya menos muertes y para que cada muerte tenga su merecida condena.

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