Hace poco más de dos meses, este diario publicó una encuesta en la que se preguntaba “¿Qué harías para que menos gente maneje alcoholizada?”. Sólo el 9 por ciento se inclinó a favor de las campañas de prevención y concientización.
La amplia mayoría de los votantes reclamó penas, desde las más duras (cárcel por un día o que no puedan manejar nunca más) hasta las más flexibles (multas más caras o el retiro de la licencia por un año).
En este contexto, está claro que las sanciones económicas que se aplican en la actualidad no alcanzan, porque la cantidad de borrachos al volante es cada vez mayor y el número de reincidentes es mucho más grande del que se podría pensar. La frase “somos hijos del rigor” bien podría usarse para analizar estos casos.
También existe un alto nivel de hipocresía, porque somos muchos los que nos horrorizamos o nos causa gracia cuando nos enteramos de que una persona superó holgadamente lo permitido de alcohol en sangre, pero cuando tenemos una fiesta o vamos a un asado en ningún momento pensamos en dejar el auto en casa. Es en ese punto en el que deberán poner atención las autoridades. Tiene que darse un significativo cambio cultural y en las costumbres. Pero no es imposible, hay lugares en el mundo en los que lograron que la gente tome conciencia de los daños irreparables que puede ocasionar un conductor alcoholizado.
Un primer paso podría ser, en vez de burlarnos de la mujer que intentó seducir a un inspector en un control de tránsito o de que no podía ni siquiera soplar la pipeta, ponernos a pensar que en esas condiciones de ebriedad podría haber arruinado la vida de su familia o de otras. Quizás la “tolerancia cero” también ayudaría, al menos, como una medida a corto plazo.


