No es la primera ni será la última vez que el porteño que escribe esta columna escuche que los neuquinos padecen un trastorno de identidad. Del mismo modo que los porteños buscaron la suya a los codazos, entre enormes oleadas migratorias de españoles, italianos, polacos, rusos, alemanes y franceses llegados en busca de una oportunidad, los neuquinos sufren una segunda ola de “invasores”, en este caso, internos. La primera coincidió con las grandes obras de infraestructura de los setenta; la segunda, atrae a 15 familias por día al compás del boom petrolero. Dicho esto a grandes rasgos, desde luego.
La identidad –que siempre es un asunto cultural– implica la suma de valores, tradiciones y símbolos que le permiten a la gente compartir un sentimiento de pertenencia. Neuquén lo tiene y no lo tiene, según quién lo explique. La tercera edición de la Fiesta de la Confluencia, en la que el intendente Horacio Quiroga invirtió “a pérdida” casi 4 millones de pesos, es un hecho para rescatar, un símbolo más para sumar a la construcción de un “ser neuquino”, del mismo modo que, después de 40 años de hacerla, la Fiesta de la Manzana identifica por completo al valletano.
Según los organizadores, unas 200 mil personas pasaron por la fiesta a la vera del Limay. Más allá de la atracción que representan los artistas nacionales contratados –paraguas debajo del cual se sumaron los locales – y de las siempre antipáticas especulaciones en torno al posible rédito electoral, vale decir que a veces es necesario invertir en ese capital intangible pero capital al fin a largo plazo. Cosa que habla de que no solo se atiende a la coyuntura; a veces está bueno clavar la vista en el horizonte también.


