Una pasión que nos condena

Sí, ya sé. No hace falta ni decirlo. ¿Para qué? Si todos sentimos lo mismo. Y ya cansa. Otra vez, el grito nos quedó atragantado en la garganta y, para hacerlo todavía más terrible, hay que bancarse ver cómo un equipo que nunca había ganado nada hasta hace un año nos da dos veces seguidas la vuelta olímpica en la cara, por penales.

Dan ganas de balearse en un rincón. Porque dos finales en fila eran mucho. Y tres en tres años es un abuso. Una encarnizada jugarreta del destino, que nos regaló siete duelos decisivos en los que arañamos la gloria, y nos volvemos a casa con las manos vacías y una sensación en el pecho difícil de explicar.

Ni el espíritu del Mundial 86 nos cortó esta mufa insufrible, eterna. Ni el récord de Messi, ni las goleadas en los partidos anteriores. Nada sirve. Otra vez nadamos para ahogarnos en la orilla. Una costumbre que ya se comió a un par de generaciones de estrellas del fútbol mundial, y que amenaza con darle a muchas otras, encabezadas por el mejor jugador del mundo, una sola chance más.

Ni el espíritu del Mundial 86 nos cortó esta mufa insufrible. Otra vez nadamos para ahogarnos en la orilla.

Seguimos cargando kilos en una mochila que ya pesa demasiado. Que les ata las piernas a los jugadores, que los hace arriesgar poco, cuidar el cero y resignar desequilibrio ofensivo. Le pegaremos a Rojo por la expulsión injusta pero anticipada (los árbitros siempre compensan, es lo primero que se aprende en el fútbol, bien de pibe). A Higuaín, que otra vez tuvo una clara y falló. A los que entraron a media máquina, al Tata por ponerlos, a Messi por no ser el mejor cuando más vale y encima errar el penal. Nos sacaremos la bronca, que se nos irá pasando de a poco. Mientras sumamos años a esta maldición que nos duele en el alma futbolera y guardamos las banderas hasta Rusia 2018.

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