Una vida peleándole espacios al río

Las crecidas, los perjuicios de la inundaciones y la transformación de Villa María lo tuvieron a Carlos como testigo privilegiado. Hoy, con 94 años encima, el hombre recuerda viejos momentos en los que el barrio era un médano y los vecinos se preocupaban por las necesidades de los otros.

Por MARIEL RETEGUI

Neuquén > El río Limay fue y es muy significativo en la vida de Carlos Lizama, un antiguo vecino y testigo de la transformación de lo que fue una pequeña isla a lo que hoy es el barrio Villa María.
Carlos recuerda con poco esfuerzo aquellos años de su juventud en que el Neuquén que conoció era muy distinto. A sus 94 años, apenas se apoya en un bastón para caminar por las calles angostas del barrio. Llegó con 31 años desde la región cordillerana, donde supo trabajar en la estancia de Pilo Lil. Y aquí se encontró con un paisaje diferente. “Esto era sólo médanos, no había nada”, recuerda Carlos, quien empezó a trabajar con la empresa Falcone cuando estaban en proceso de construcción del Comando del Ejército, sobre Avenida Argentina.
“Cuando compré este terreno –donde vive actualmente– vino la creciente de mayo del ’48 y me volteó el ranchito que le había comprado a un compañero que estaba algo apurado por venderlo porque andaba escapando por problemas de pollera. Había pagado tres cuotas, valía 800 pesos y me lo vendió a 125. Fue un buen negocio”, evoca, mientras comenta que el lugar era tan espacioso que después sus cuatro hijos y siete nietos hicieron las viviendas contiguas a la suya.
Cuenta que en esa época abundaba el trabajo y llegaba gente de la cordillera, compraba un terreno en cuotas y se hacía una casa. Que lo que abundaba era el barro, por eso la mayoría la hacía de adobe, como podía. Aunque estaban atentos a las necesidades entre los vecinos y eran muy unidos.
Dice que antes de la construcción de la represa hidroeléctrica de El Chocón, las crecidas del Limay no tenían contemplación de nada ni de nadie. “Venía la creciente y no había nada qué la detuviera. Pasaba cuatro o cinco días y quedábamos libres; en cambio ahora, con el Chocón, largan agua y resulta que se inunda todo. Yo tengo una fosa y cuando largan el agua se juntan 25 centímetros durante todo el verano”, advierte el hombre.
 
Perjuicios por el agua
La crecida que más los afectó es la de 1958, oportunidad en la que en su casa entraron unos 50 centímetros y recién se pudo retirar una semana después. Es que en ese tiempo –afirma– no se contaba con la ayuda social que hoy en día encuentran en el Estado y cada cual hacía lo que podía. Después de esa ocasión, aprendieron y empezaron a construir sus viviendas de materiales.
“Este barrio se hizo a fuerza de pulmón, nos ayudábamos unos a otros”, reflexiona Carlos, con la mirada extraviada rememorando el pasado. Sus vecinos los recuerdan porque era el único que tenía un almacén que construyó arriba de su ranchito, donde guardaba la mercadería que cuando subía el agua se convertía en un verdadero tesoro.
Si bien ya trabajaba en Obras Sanitarias, le ayudaba a su esposa con la atención del negocio. Él recorría con su bote el barrio y les llevaba mercadería a los que no se podían acercar hasta su casa. Otros iban por sus propios medios y él les bajaba con una soga la mercadería.
Recuerda que, el mismo año de la crecida, un técnico o ingeniero de la Municipalidad había pretendido trasladar a los habitantes a otro sector de la ciudad. “Quería sacarnos y llevarnos más allá de la Ruta 22, cerca de la Confluencia, en el barrio Sapere. En realidad, ellos tenían un negocio porque esto era una isla, el arroyo Villa María nacía mucho más arriba que el Arroyo Durán y daba la vuelta a unas cuadras de aquí”, dice señalando las calles La Pampa y San Luis.
“Este ingeniero nos quiso sacar de aquí porque dijo que estas tierras eran movedizas y que por eso las casas se caían, pero no era eso. Yo ya me había hecho el salón comercial y le dije que era una mentira, porque cada vez que llegaba la creciente nos quieren sacar, pero qué pasaba si llegaba hasta las vías, ¿también las van a llevar arriba de las bardas?”, le cuestionó.
“Peleamos, no nos queríamos ir. Al que tenía el terreno pago le daban uno nuevo pero sin vivienda. Acá tenían pensado dejar un espacio destinado a las actividades deportivas, con una laguna grande, en el medio un cerro y arriba un chalet y a la orilla un velódromo. Ese era el proyecto para esta isla, pero como nos opusimos nos quedamos”, asiente Carlos. Esa defensa por la tierra, por el barrio, fue el puntapié inicial de la formación de la comisión vecinal.
Y así quedó el barrio, conformado por una geografía especial de callecitas sinuosas y angostas delineadas por el recorrido caprichoso del agua.

El encuentro con Pedro San Martín

Carlos Lizama siempre se preocupó por el barrio y lo mismo hacía su esposa. Un día, cuando regresó del trabajo, su señora le dijo que estaba realizando una colecta para hacer una pasarela sobre la calle San Luis, porque para poder llegar al centro tenían que dar la vuelta a Puente Fierro, en por la calle Río Negro.
“Le dije que se había metido en un lío porque tenía unos 9 pesos, una cantonera y unos palos, pero con eso no se iba a poder hacer nada, sobre todo porque el brazo del río tenía unos tres metros de profundidad”, recuerda Carlos.
Afirma que en ese momento estaba como gobernador Don Pedro San Martín, que era uno de los dueños de la estancia Pulmarí. Comenta que para salir del apuro le avisa a su mujer que iba a ir a verlo y ante la cara de sorpresa le dice: “Pero cómo no me va a atender Don Pedro si es un viejo criollo del campo”. Se fue caminando a la vivienda que el gobernador tenía cerca del río y luego de pasar el interrogatorio de un policía y una mujer, el mandatario lo atendió.
“Le conté lo que necesitaba y él me dijo: ‘¿Qué te hace falta?’. Miré a mi alrededor y noté una pila de tirantes, de tablones, y se los señalé”, dice Carlos, quien aclara que como no tenía en qué llevarlo se acordó que pasando la ruta había un tipo que los podía ayudar. “Era un comunista que tenía un camión. No tuvo problemas, entonces fuimos un domingo, cargamos los tirantes y los rieles. El gobernador se empecinó en pagarle por el flete y sacó 25 pesos del bolsillo y se los dio. El hombre estaba muy contento”, asegura Carlos entre risas. El tema es que no alcanzaron a llegar con el camión porque se quedó varado entre los médanos.

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