Vaca Muerta no es una “zona”, un lugar, un territorio. Es una formación geológica, y Neuquén tiene la suerte de que se extienda a miles de metros bajo la superficie en buena parte de sus generosas tierras. La aclaración parecería redundante. Pero es solo un ejemplo del grado de desconocimiento que tiene el “neuquino promedio” sobre los reservorios no convencionales. No, señora, señor, niña, niño, diputado, diputada: Vaca Muerta es más bien una gran esponja arcillosa en cuyos poros hay que ir a buscar el petróleo a través de la “estimulación hidráulica” (fracking). Todo esto para derribar algunos mitos (la territorialidad de Vaca Muerta y ese gran lago de petróleo que está en su interior). Pero, también, todo esto para, humildemente, contribuir a un debate: el de la serie información-conocimiento-desinformación-desconocimiento en materia de hidrocarburos. Esta semana, el Instituto Argentino de Petróleo y Gas (IAPG) dictó algunos cursos: estuvieron destinados a público en general. Abogados, contadores, estudiantes, comunicadores sociales. Se habló de la velocidad de rotación de un trépano, de la construcción de un pozo de perforación, y también del valor del acceso a la información -de explicar- en temas tan complejos, tan técnicos, y cómo todo esto influye -o no- en la construcción de una crítica más acorde a la realidad. Tangencialmente, en definitiva, de lo que se estaba hablando era de la necesidad de una política comunicacional que llegue a la ciudadanía, que explique de forma didáctica, que no se mire tanto el ombligo, porque, después de todo, si el conocimiento es poder, el desconocimiento nos llevaría hacia el otro extremo de la escala, ese en el que nos alejamos de la verdad.


