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La Mañana

¿Vandalismo o arte callejero?

En Londres, los míticos estudios Abbey Road tienen en el frente una parecita blanca. Todas las semanas –todas– recibe una mano de pintura para borrar las inscripciones de los fans de los Beatles, la mayoría dedicadas a Lennon.                                                               Un poco más acá, en Olascoaga y las vías, el municipio neuquino sale cada dos meses a asear de pintadas las bolas enormes del Monumento al Centenario; y, ya camino al Limay por la misma avenida, el gallito que corona la estatua en homenaje a “los caídos en cumplimiento del deber” de la Policía Federal luce unas tonalidades rojas (y no el azul severo de la fuerza de seguridad).
En aquel primer caso, ¿es posible hablar de vandalismo? ¿Al segundo podemos considerarlo una constante “intervención” urbana? Y el último ¿podría ser una forma colorida de adhesión a la lucha contra la inseguridad?
Porque: ¿dónde se fija la delgada línea que separa el arte callejero del enchastre? ¿Y qué la fija: la letra fría de un reglamento o la sensibilidad?
No es la idea de esta columna hacer una defensa apasionada de la suciedad ni de las pintadas egocéntricas, tipo “Flor te quiero: Maxi”; tampoco de los jeroglíficos sinuosos de letras y números que contornean muchos de los 60 monumentos de esta ciudad.
Pero no convendría el enojo como respuesta única ante una pared o estatua “intervenidas”. El Muro de Berlín se llenó de leyendas y ahí –como en Abbey Road– Ariel Leites do Santos había miles de mensajes/ideas. Hace menos de una década, un mural pintado sobre un paredón era poco más que mugre; hoy es arte popular.
En definitiva, detrás de cada trazo dejado en un lugar público hay una señal humana: un poema, una esperanza, una bronca o un grito. Y todas buscan atención.