El elefante imbatible de la provincia es el MPN. A ese paquidermo todos dicen querer ganarle en las próximas elecciones y destronarlos del sillón de Roca y Rioja y de sus 50 años de manejo del poder. Pero la oposición, lejos de presentarse como alternativa política superadora, opta por autosabotearse y llegar a la elección madre como una constelación de partidos y fórmulas con menos probabilidad de ganar la elección que Reutemann de terminar una carrera de Fórmula uno. La alegoría es clara. El MPN corre con Ferrari, es rápido y sabe administrar el poder, y la caja para propios y ajenos; la oposición a duras penas sabe esquivar los pozos a bordo de un fitito.
No hay que irse muy lejos. En los últimos comicios, luego de amagues, reuniones, operaciones y –luego traiciones–, Rioseco fue con el tranquilo Ciampini en su lista relegando a Bertoldi a ser espectador. Amagaron con Quiroga, pero los egos pudieron más. El escenario es el mismo del último lustro. Está muy claro que nadie quiere que el MPN se vaya, ni nación ni los políticos locales.
Otro cantar es una elección a intendente, diputado, concejal o hasta dirigente de un club de barrio. Ahí si se producen milagros y el agua y el aceite se unen con un fin claro. Desfilan ante los medios los acuerdos entre quiroguistas, riosequistas, mansillistas, como en otro momento lo hicieron kirchneristas y escobaristas. Para eso están en definitiva, para repartir mendrugos del poder y cacarear fuerte al gobernador de turno. Cuando la alternancia democrática exige otros compromisos, desaparecen los estadistas y cunden los cuentapropistas. En definitiva, todos juegan para la gilada, mientras que el modelo que cobija a todos goza de buena salud.


