Adiós, Cenicienta

El irrefrenable deseo de Cristina de convertir la transición en un chiquero quedó claro el mismo día que su sucesor la visitó en Olivos. Con gestos más que con palabras, le advirtió que no estaba dispuesta a entregar el poder así nomás. Un poder que perdió en elecciones democráticas.

Desde entonces, la épica pasó a ser la de la "resistencia". No se sabe bien a qué ni por qué. Es difícil justificar la resistencia a un gobierno que todavía no gobierna. Pero en su mundo irreal de Cenicienta imperial con carruajes de calabaza, la Presidenta imaginó que una retirada estruendosa le serviría para cohesionar políticamente a seguidores razonables y a fanáticos enceguecidos. En su ejército revistan ambos. Ese sonoro portazo le permitiría convertirse en faro de la nueva oposición desde el minuto cero de hoy. ¿Habrá pensado además que el peronismo la seguirá en la cruzada?

Un sonoro portazo le permitiría convertirse en el faro de la nueva oposición desde el minuto cero.

En pos de "resistir", Cristina abusó de su Mont Blanc para firmar decretos con miles de nombramientos destinados a amontonar a sus militantes en los corredores del Estado; para ordenar un festival de bonos que significan automáticamente contraer deuda; para reventar lo último de las reservas del Banco Central; y, en fin, para meter cuanto palo en la rueda pudiera con el festival de necesidad y urgencia que ayer mismo desbordaba el Boletín Oficial.

Del otro lado del mostrador, quizá Macri pensó las cosas con cierto candor virginal y dejó hacer hasta que se convenció –como dicen que lo hizo tras la charla telefónica del sábado pasado- que se enfrentaba con "la maldad en estado puro". Anoche, a las 23:59, la foto del traspaso que no fue pasó a la historia, y la imagen de Cristina, a ilustrar una foto en sepia.

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