Astorga para la presidencia
Ha nacido el astorgarismo. Y soy socio fundador del club de fans.
A veces, en un alto en el trabajo de la redacción, le digo al periodista Pablo Montanaro, medio en chiste, medio en serio: “Mónica es una futura beata, una futura santa, y vos le hiciste la primera nota”. Monta, que con su trabajo es uno de los principales responsables de que se conozca en todo el país la destacada labor que realiza ella, la hermana Mónica Astorga, la Carmelita de Nuestras Santas Travestis, se ríe, sigue en lo suyo, y yo me quedo creyendo un poco más en que de verdad puede suceder. Pero después me parece que no va por ahí la cosa. Que ella es más moderna que candidata a santa, dentro de una institución, como la Iglesia, en la que los modernos, en ocasiones, no son tan bien vistos.
En su cuenta de la red social Twitter muestra esa falta de prejuicios que la sensibiliza, que la deja más del lado de los que necesitan una mano, como las personas que son parte del colectivo LGBT: “Mi cerebro es como un manicomio, siempre hay lugar para una locura más”; “No todo aquel que me mira puede verme, ni todo el que cree conocerme sabe quién soy”. También: “Te observan, te critican, te envidian y al final te imitan”. Es evidente, me gusta pensar, que el mismo desparpajo y la frescura con que ella se autodefine la lleva (en buena hora) por otros caminos. Hay, ahí, una clave que no tiene por qué ser una gran noticia: después de todo, algo tan normal como tener buen corazón es algo que estuvo y está al alcance de todos nosotros. Sin grandilocuencias, tan sólo poniéndose en el lugar de otros, la carmelita de las travestis, nos pone un espejo enfrente y con la luz de sus gestos marca un camino.


