La furia desplegada entre manifestantes de la agrupación Quebracho y las fuerzas de seguridad que los reprimieron ayer en pleno centro porteño es una postal que incomoda en un país que se apresta a ir a las urnas en octubre para renovar parcialmente las dos cámaras del Congreso.
No podría aseverarse que se trata de un hecho aislado. Más bien parece una respuesta al reclamo de muchos votantes de Cambiemos que exigían firmeza de parte de las autoridades frente a los piquetes callejeros que, en muchos casos, tienen como blanco al actual gobierno nacional en rechazo a sus políticas.
Llamativamente, el operativo de desalojo de los encapuchados de la Avenida 9 de Julio fue el “bautismo de fuego” de la infantería de la flamante Policía de la Ciudad que reporta al jefe de Gobierno porteño, Horacio Rodríguez Larreta.
Es evidente que el oficialismo quiere que se entienda bien la señal de la actuación de la Policía ayer también en otros distritos donde las manifestaciones callejeras se multiplicaron durante los últimos meses.
Sin ir más lejos, Añelo amaneció ayer otra vez sitiada por una protesta de la UOCRA que, además, ocasionó severos perjuicios a la industria petrolera que opera en la zona.
Este conflicto, puntualmente, es un llamado de atención a las autoridades; pero especialmente a los políticos que hacen o dejan de hacer para que las cosas empeoren.
Tanto los vecinos de Añelo como quienes quieren ingresar a sus puestos de trabajo y no pueden manifiestan su hartazgo por este tipo de protestas.
Las autoridades, entonces, tendrán que resolver qué hacer, antes de que la crisis se les vaya de las manos.


