La película El baño del Papa cuenta una historia triste sobre un hecho real que ocurrió en 1988: la visita de Juan Pablo II a Melo, un pequeño pueblito uruguayo. La misa en el límite con Brasil generó mucha expectativa y una estimación de 50 mil visitantes. El protagonista es Beto, un buscavidas que especuló con el “negocio del siglo” y gastó los pocos ahorros de su familia para construir un baño en la vereda de su casa para ofrecerles el servicio a los visitantes ocasionales. El final es amargo. La convocatoria de la misa fue de apenas 500 fieles y Beto se fundió como prácticamente todos los habitantes de Melo. Chile vive por estas horas miles de historias parecidas que esperan un desenlace distinto. Tres ciudades quedarán colapsadas por un fenómeno que esperan los salve “por derrame”. Los diarios trasandinos ya destacan que se propagan los puestos de venta de almohadones, gorros, camisetas, pañuelos y llaveros con la cara de Jorge Bergoglio. En Santiago, un vendedor liquidó por internet banderines con la cara y el logo oficial de la visita de Francisco a 50 centavos argentinos para la reventa masiva. Hizo su propio negocio y espera que pase algo parecido con sus compradores. En Temuco, y especialmente en Iquique, muchos compraron botellitas de agua y protector solar en cantidades industriales para revender en la calle, ya que el gobierno chileno recomendó a los fieles que usen bronceador con “factor +30, aplicando cada 2 horas con el fin de evitar una insolación”. Las avenidas San Pablo en Santiago, Caupolicán en Temuco y Arturo Prat en Iquique serán algunas de las grandes vidrieras de la visita de Francisco. “Es una bendición que el Papa nos visite y que la gente quiera tener un recuerdo”, aseguró Fanny Reyes, una vendedora del barrio Meiggs de la capital chilena que, como muchos otros, espera la bendición divina.
Tres ciudades quedarán colapsadas por un fenómeno que esperan los salve por “derrame”.


