Por Agustina Frontera (*)
Los primeros días de estos últimos 7 años fueron con seguridad los más densos. Los amigos de Flor nos enteramos que no volvía a su casa unos dos días después de haber desaparecido. Lo último que se supimos es que llamó a Pedro, su hermano, y al trabajo, eso fue dos días después de haber ido a Confusión, un boliche de Palermo, cerca del mediodía.
La semana de su desaparición Flor había llamado más de 50 veces a Julio César Yapura, un vendedor de droga. Flor tomaba cocaína cada tanto y al parecer ese 16 de marzo tenía ganas de tomar. Con el tiempo supimos que Flor iba seguido a Confusión, boliche en el que trabajaba Yapura y, por datos extraídos de la antena de la empresa de telefonía móvil, nos enteramos que ese mediodía que Flor llamó a Pedro y a su trabajo estaba cerca de Confusión.
El boliche era conocido en el ambiente gay y travesti como lugar donde conseguir acompañantes escorts. De allí era la última noticia que teníamos de Florencia. Los dueños de Confusión se esfumaron cuando empezaron las averiguaciones, nunca se los pudo ubicar.
Una amiga de Flor se entrevistó con Susana Trimarco, la madre de Marita Verón, quien le contó a nuestra amiga que dos chicas reconocieron haber visto a Florencia en tres prostíbulos distintos: dos en la provincia de Buenos Aires y uno en el interior de Córdoba. Con ese dato increíble que nos sacaba ya del terreno especulativo, la pesquisa del fiscal a cargo debía direccionarse, salir corriendo a allanar prostíbulos, a tomar declaraciones. Pero no, eso tampoco se investigó en la causa que llevaba adelante Marcelo Retes en la Fiscalía Federal 23 de Capital Federal.
Esto, que parece de ficción, es pura realidad. La pregunta que nos surge a todos es: ¿Cómo puede ser avalada por el poder del Estado esta situación? Después de 7 años, la única respuesta que tenemos, los amigos de Flor, es que la trata es un negocio tan grande que calma cualquier pensamiento moral.
(*) Amiga. Extracto de una carta.


