Ayer, quien escribe estas líneas iba a utilizar este espacio para destacar la reciente conquista de Independiente, más que nunca “el Orgullo Nacional”, como se jactan sus hinchas, esos que recuperaron el paladar negro de la mano de Holan.
Ayer, el autor de este texto se levantó chinchudo y renegando: porque una nota periodística se demoraba y parecía caerse, por una factura que llegó ya vencida, por el plomero que prometió pasar a revisar un caño roto y no cumplió...
Ayer, un doloroso episodio sacudió al deporte neuquino y nos hizo ver una vez más que estamos de paso y que debemos aprender a darles a las cosas la importancia que tienen y merecen.
Apenas 22 años y muchos sueños por cumplir, en el básquet y en la vida, tenía Franco Schmir. El pibe de Plottier que se formó en Centro Español y estaba a préstamo en un equipo de Viedma.
Alto, fachero, “buen chico”, como destacan quienes lo conocían, no pudo contra una fulminante y cruel enfermedad que se lo llevó sin preguntar dos veces y dejó destruida y sin consuelo a toda una familia local.
Conocido el deceso, se reiteraron los saludos y las muestras de dolor, apoyo y respeto de los distintos sectores del deporte y la comunidad en sí, porque así como debemos vivir más relajados y disfrutar mejor de las “pequeñeces” cotidianas, que de eso se trata la vida, en generosidad no tienen que enseñarnos nada a los argentinos. La muerte de Franco nos puso sensible a todos. Por eso esta descarga en forma de catarsis tan necesaria. Franquito vivirá por siempre en los corazones de los amantes del básquet y el deporte. ¡Fuerza, familia!
La muerte del pibe Schmir, un golpe para el básquet y el deporte local. Y a veces renegamos por cada cosa...


