El Papa bueno y el Papa malo
Mientras predica contra la exclusión social en sus diversas manifestaciones, el papa Francisco tiene que responder por los pecados históricos de la Iglesia católica, entre los que resaltan los innumerables casos de abusos de menores cometidos por curas y monjas en diversos lugares del mundo. Y no tiene demasiadas respuestas al respecto. Los avances de la Iglesia contra los abusos, si los hay, son infinitamente más lentos de lo que exige el sentido común. En Chile precisamente le facturan, desde que se supo de su viaje, el accionar del cura Fernando Karadima, un emblema de los abusos sexuales cometidos por miembros de la Iglesia y del gozo de la impunidad. Si bien el descontento trasandino con el Papa y la Iglesia en general no sólo está vinculado con los abusos de Karadima y otros curas, estos casos son determinantes para que cientos de miles de fieles se alejen de la institución que representó su credo. Chile es el país latinoamericano donde la Iglesia católica apostólica romana perdió más fieles.
Al mismo tiempo, Francisco se convirtió en la voz más potente contra el mercado y las consecuencias de su imperio, lo que le costó la enemistad de grupos y personajes poderosos. En esa línea, el papa argentino ha sido uno de los principales críticos de la política de los dominadores del mundo que generó la tremenda crisis de los refugiados. La voz del Papa se alzó para repudiar que el Mediterráneo se convirtiera en una fosa de cadáveres de negros y árabes desesperados por huir de las guerras y hambrunas en sus países de origen.
Las contradicciones fluyen cuando el Papa es el objeto de análisis. Y está bien.
El Papa tiene facilidad para representar a los excluidos y dificultades para saldar los eternos pecados del Vaticano.


