Que maten y después se suiciden es la muestra de impunidad y desesperanza más grande que podemos vivir como sociedad. Ese es el sentir que dejan los femicidios ocurridos en lo que va de 2015 en Neuquén.
Los datos son estremecedores: cuatro mujeres fueron asesinadas por sus parejas y en tres casos no hay un culpable. Simplemente porque el momento que le sigue al femicidio es el suicidio de él, y la imposibilidad de encontrar respuestas en la Justicia. Entonces no hay a quién responsabilizar. Sólo quedan familias destruidas, niños sin madres y padres sin hijas.
La mayoría de ellas no dieron señales de alerta al “sistema”. ¿Esa sería una excusa para no sentir responsabilidad? Pero ¿qué tan atentos estuvimos como entorno para advertir el más mínimo indicio de lo que luego terminaría en tragedia?
La violencia es un problema de todos, y el silencio es el peor cómplice. Al que le sigue como aliada la ineficiencia de un Estado que parece llegar siempre tarde.
Los episodios de maltrato son cíclicos y se agravan con el paso del tiempo. Las promesas se esfuman en un abrir y cerrar de ojos y los cambios jamás se producirán espontáneamente. Por eso, hay que pedir ayuda. Tenemos que confiar en alguien.
Desde la sanción y puesta en vigencia de la Ley Provincial 2785, que busca prevenir, castigar y erradicar la violencia familiar, se creó una oficina especializada que tiene como misión concentrar todas las denuncias que realicen las propias víctimas o terceros, para luego poner en marcha un dispositivo en el que la Justicia de familia actúe rápidamente y en forma coordinada con otros estamentos como salud y seguridad.
Cualquier persona puede denunciar, incluso manteniendo su identidad en reserva. Al resto, nos vendría bien involucrarnos.


