Neuquén > La tumba de Darío “El Topito” Barrionuevo es una de las más famosas en el cementerio El Progreso y es uno de los símbolos de la violencia y muerte que acechan a miles de jóvenes neuquinos.
El Topito, de apenas 18 años, había estado involucrado en numerosos delitos graves desde que era un adolescente. Hace dos años murió en su ley, acribillado durante una emboscada que le tendieron en el barrio Z1.
Antes del crimen había zafado en dos ocasiones, pese a dos disparos que recibió en la espalda y luego a otro que tenía como destino su corazón, pero que le pegó en el brazo.
Dicen que en el último ataque sus enemigos no tenían intenciones de matarlo, sino de dejarlo sin posibilidades de caminar como una forma de escarmiento porque había “roto códigos” y le había robado a alguien a quien no debía robar.
Los primeros 10 balazos le pegaron en las piernas, especialmente en las rodillas. Enfurecido, el Topito vociferó desde el piso: “¡Disparen como hombres, putos!”. El desafío enojó a los agresores que se acercaron y decidieron que lo mejor sería ponerle un punto final. En cuestión de segundos descargaron sus armas sobre el cuerpo, aunque antes se aseguraron de que el joven no tuviera puesto el chaleco antibalas que casi siempre llevaba, menos en esa ocasión.
Hoy la tumba del Topito está medianamente ordenada, después de dos recientes ataques que la habían destrozado. Indudablemente, su nombre sigue despertando tantos odios como cuando estaba vivo.
El sepulcro de Darío Barrionuevo está delimitado por un montón de piedras irregulares que contienen flores de utilería descoloridas y algunos envases de plástico.
En una cruz de madera desgastada por el sol y el viento apenas se puede leer su nombre pintado a mano de manera desprolija. Más abajo, su apodo.
Un rosario humilde enlaza los dos palos y no hay más epitafios que un breve graffiti que intenta sostener que no todo el mundo lo odiaba. “Yo te amo”, firma una tal “Agus”, como si fuera una confesión pública. O la estéril reválida de un amor inconcluso.


