El clima en Neuquén

icon
18° Temp
36% Hum
La Mañana

Estado más Estado

La tragedia de Once desnuda las graves falencias del Gobierno en el control de los servicios ferroviarios como el que presta TBA.

Por GABRIEL RAFART

La tragedia de la formación del Ferrocarril Sarmiento en la estación de Once debe ser vista como algo más que un evento trágico, de esos que la madre naturaleza o un alma cargada por la potencia de un dios le atribuye a fuerzas extrañas a los humanos. Aun si se comprobara negligencia, impericia o falla humana, el “accidente” es una metáfora de dos Argentinas, o en todo caso de la mala convivencia entre dos Estados. Una Argentina que crece y cambia la suerte de millones frente a otra que se resiste al cambio, cuyo mejor ejemplo es el estado actual de sus servicios de transportes. Lo mismo pasa con el Estado en tanto conjunto de instituciones que canalizan intereses divergentes, logrando su imprescindible regulación y, por sobre todo, a la necesaria coerción cuando se incumple el interés de los más que menos poder tienen. Uno con un brazo largo de acciones positivas: que incluye, protege, extiende servicios sociales, legisla a favor de minorías, con una moneda social y otra cultural que se traduce en pasajes baratos y fútbol para todos, etc. Frente a él, otro Estado ineficaz, torpe, irresponsable, cuando no casi privatizado. Aquí cuenta lo que no se quiere de un Estado, pero que muchas veces se tiene y no alcanza con decir “es lo que hay”. Un Estado colonizado por pequeñas, medianas o grandes corporaciones es una fórmula de alto riesgo social y político, que atenta contra la buena convivencia. Por supuesto que no importa el tamaño de las corporaciones. Lo que sí importa es que ese colonialismo sirve a intereses que no son de todos y sí de poquísimos.
En principio se puede tomar el hecho de Once como un evento anunciado. Ese fue el titular de gran parte de la prensa al otro día de la tragedia. Ese título estaba antes de que ocurriera el siniestro en la mente de muchos. Muchos de esas cabezas no son necesariamente opositoras mediáticos. Aunque sí es cierto que estaba en boca y pluma de otros para pensar en aviones que se desploman por falta de mantenimiento o en el caso de los transportes terrestres, de una suerte de magnicidio vial. Si la Argentina fuera un país con una marina que traslada a miles de pasajeros por mar, ríos y lagos, también se diría que se está próximo a un gran naufragio. Las voces comunes de dos cineastas -uno de ellos comandante de aeronaves- hace rato que insisten en una segura tragedia. Estos puede que sólo buscaran un tema para su celuloide o simplemente para afirmar sus egos. Pero allí también están: la Auditoría General de la Nación con sus informes fundados, igual que los dirigentes sindicales con sus denuncias, y por supuesto en los pasajeros con su cotidiano trajinar. De allí la cercanías de eso que alguien llamó “ferrocidio”. Un término fuerte, de esos que horrorizan. Para ellos, pero también para muchos defensores de la actual gestión de gobierno hay responsables de ese crimen anticipado: las concesionarias y el Estado controlador. Ambos han incumplido con los deberes de protección de los hombres y mujeres que viajan en ferrocarril.
Algunos van mas allá y ubican la génesis del problema en “la nefasta política privatizadora del menemismo”. Es el “sistema” el responsable. Es que la política o en todo caso el Estado de hace dos decadas fue más allá del sistema de transporte porque se lo pensó para una Argentina con menos trenes y pocos viajantes. ¿Para qué un sistema ferroviario si el país que se buscaba era para pocos? Frente a ello la política promovida por el kirchnerismo, con un lugar para el crecimiento de la economía y con ello su consecuencia más previsible, el incremento en el número de transportes y transportados. Fue así que llegaron a ese país del crecimiento miles de nuevos pasajeros que fueron sumándose a un servicio que requería una transformación profunda. Sin duda la recuperación de los espacios de trabajo aumentó el número de pasajes y pasajeros. En paralelo el mantenimiento de empresas y empresarios con más vocación rentistica que comunitaria. Un tren saturado de pasajeros, muchos en los estribos, con las puertas abiertas, con frenos deficientes, demasiada chatarra sobre rieles, sin duda es el resultado de aquella vocación. También una auténtica imagen de la situación social que aún viven muchos argentinos mientras otros motorizan la industria automotriz con su poder de compra de cientos de miles de autos nuevos.
Hay algo muy crudo: aun cuando se conozca que los cincuenta y un muertos se debieron a la “realidad de un accidente”, todos aquellos que siguen viajando en los trenes lo seguirán haciendo de manera insegura. Continuarán viajando mal. Y lo harán si sigue sosteniéndose un esquema de subsidios destinados a sostener un “riesgo” empresario que no es tal. Porque está a la vista que un Estado que se propone la reapertura de talleres, compra de material rodante, no logra “estimular” al socio privado. Todo lo contrario. Es que este socio parece haberse concentrado en pintar las formaciones, colocar de tanto en tanto vidrios que no son tales para sus ventanas, y otras formas de cosmética ferroviarias.
Lo mismo que un Estado que ni siquiera cumplió la tarea de contralor. Y parece que sigue fallando cuando el Estado a través del actual gobierno carece de una respuesta propia de su construcción genética. De esas fórmulas que llevaron a desmontar gran parte de la arquitectura neoliberal. Eligió el peor de los caminos judicializando su posición, cuando el tema es de decisión. La cuestión es de Estado. Aquí hay que ir al más crudo decisionismo. Un Estado que deje la emergencia. Que pueda quebrar la idea de una que se está en emergencia permanente. La judicialización puede ser un aspecto, pero no el centro para una agenda que debe cerrar la idea de que es posible una convivencia entre esa Argentina que crece y expande los beneficios del bienestar y otra que la niega con sus deficits permanentes, entre ellos los del transporte. Entre un Estado que trabaja para los más y otro que sigue entregando una de sus ventanillas para que pocos se beneficien.
Lo que está en el centro del debate no es sólo la tragedia sino el funcionamiento de un Estado que a veces parece haber naturalizado la existencia de esos dos países.
Resulta muy difícil al cronista hablar sólo de trenes. El déficit afecta a la red de rutas nacionales y provinciales. Al transporte de pasajeros por tierra.
Durante estos años se privilegió el cielo, de allí la fuerte inversión en la línea de bandera área, pero se descuidó mucho lo que ocurre en la tierra. La Argentina carece de un sistema de transporte integral. Como dice un economista el país vive en la irracionalidad cuando decide transportar 100 millones de toneladas con camiones que cargan 30. Lo mismo cuando se celebra haber incrementado en el último año el parque automotor en un 8 por ciento de unidades, sin aumentos similares en disponibilidad de vías, combustibles y lugares de guarda en las grandes ciudades.
La historia argentina, como muchas otras historias nacionales, es la suma de varios países. Se podría decir que esa suma no es tal sino lucha, competencia por quién se apropia de la mejor tajada. Si el Estado no vive con más Estado, o sea con más poder de regulación, de control, de eficacia, las ventajas siempre serán para los que ya cuentan con posiciones de privilegio. Es urgente que el Estado revise su política de transporte y la de subsidios hacia sus empresas y empresarios.