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La Mañana

La culpa no es del chancho...

El escenario no es nuevo. Arroyito, el símbolo de la lucha para los empleados públicos, ha sido testigo esta semana de un tironeo previsible y evitable entre el gobierno provincial y ATE. El gremio se metió en el bolsillo, a principio de año, una suba del 30% de un solo saque: está por encima de muchos otros acuerdos paritarios, y varios puntos a favor de la medición que hace la Dirección Provincial de Estadísticas y Censos, que proyecta una inflación anual de 25,49%.
Sin embargo, los sueldos nunca alcanzan y en la tradición sindical no hay protagonismo de los líderes sin protesta. Por eso, no hay mejor manera de alentar el reclamo que hacerlo con la sensibilidad del bolsillo. Cuesta creer que haya un solo trabajador que no adhiera a la idea de que sus representantes pidan una mejora que impacte sobre su salario.
Así, los sindicalistas suelen echar mano a esa ecuación tan primitiva pero efectiva para elevar sus peticiones, en general justificadas, pero otras veces ajenas al contexto. El recién reelecto Carlos Quintriqueo no parece dispuesto a conformarse con el oportuno aumento que consiguió en el verano…
Entonces sabía que una elección en el horizonte jugaba a su favor y que el tiempo de campaña era el mejor escenario para negociar con un gobierno necesitado de paz social. Así fue: ATE tuvo su aumento y la promesa de volver a conversar en el segundo semestre.
Ahora, consciente de que las cuentas no dan, el gobernador Sapag anticipó que “el presupuesto está muy exigido”, por lo que hubo que “demorar el aguinaldo y no fue por capricho, sino porque no estaba el dinero”. Queda claro que la conciliación obligatoria del viernes fue sólo una tregua y que la solución de fondo requerirá de la misma efectividad que hubo cuando la necesidad electoral era una prioridad.