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La Mañana

La enfermedad holandesa

De cómo el ingreso de divisas por la abundancia exportadora puede generar una revaluación de la moneda que afecte el aparato productivo. Remedios para prevenirla.
Por Humberto Zambón

El tulipán es una planta originaria de las estepas de Kazajistán. En Europa fue desconocida hasta mediados del siglo XVI, cuando llegaron los primeros bulbos y se adaptaron perfectamente al clima de Holanda. En el siguiente siglo se pusieron de moda  en toda Europa y la demanda de la flor y de los bulbos para producirla creció desmesuradamente, originando una verdadera fiebre especulativa. En 1636 su precio se había multiplicado por veinte, al punto que el valor de un bulbo era equivalente al de dos carruajes de lujo.
Lógicamente, los holandeses se dedicaron con ahínco a producir tulipanes, dejando otras actividades y, en especial, otros cultivos que no rendían monetariamente en la misma proporción. En 1637 hubo un invierno muy crudo y en toda Europa no se conseguía verduras ni frutas, en parte por lo riguroso del clima, pero también porque los terrenos aptos estaban dedicados a la siembra de tulipanes. De ahí que el grueso de la población echara la culpa de todo a esta planta; hubo pánico, nadie los quería y su precio cayó estrepitosamente. Holanda, que había abandonado otras producciones, cayó en una profunda crisis.
De crisis a enfermedad
La historia volvió a repetirse en el siglo XX. En los años ’70, en plena  crisis causada por los precios de los hidrocarburos, en parte originada por la aparición de la OPEP (Organización de Países Exportadores de Petróleo) en el escenario mundial, que regulaba su oferta, se descubrieron ricos yacimientos gasíferos en las costas del Mar del Norte, afluyendo a Holanda enormes cantidades de divisas, con la consecuente revalorización de su moneda (en ese momento el florín, que en 2002 fue reemplazado por el euro), afectando al resto de las actividades.
En 1977 la revista The Economist publicó un artículo donde comparó ambas situaciones históricas y en el que denominó a esa situación como “enfermedad holandesa” o “mal holandés”, término que se popularizó rápidamente. En la actualidad se aplica al caso en que uno o varios recursos naturales con gran incidencia en la economía generan el ingreso de divisas en cantidades considerables, por lo que se produce una apreciación del tipo de cambio de la moneda local, desplazando a otros sectores económicos.
De enfermedad a maldición
Lo que ocurre en una economía cuando su moneda se aprecia no tenemos que contarlo, ya que los argentinos la conocimos en carne propia durante los gobiernos de Carlos Menem y Fernando De la Rúa cuando, para combatir  la inflación, se mantuvo la paridad irreal de 1 a 1 con el dólar: aumentan las importaciones, caen la exportaciones, cierran las fábricas, aumenta la desocupación, la pobreza y la marginalidad social.
En las últimas décadas se ha hablado de la enfermedad holandesa en Colombia con el café en los años ’80, en Gran Bretaña con el descubrimiento de yacimientos de petróleo y gas en el Mar del Norte, y también en Venezuela y en los países árabes con el aumento del precio del petróleo o en Chile con el precio del cobre. Un caso particular es Nigeria, el país más poblado de África y primer productor de petróleo del continente, donde el tipo de explotación dio lugar a la contaminación ambiental y a la condena a la pobreza y marginación de la mayoría de sus habitantes; a raíz de ello se popularizó la calificación de “maldición de los recursos naturales”.
Riesgos presentes
El aumento del precio de los productos primarios en los últimos años, en especial el de la soja, ¿puede producir la enfermedad holandesa en nuestros países?. La respuesta es afirmativa, lo que está agravado por la política del dólar barato que aplica Estados Unidos a partir de la última crisis, y se manifiesta con el revalúo de las monedas de los países emergentes: tomando a nuestros países limítrofes y considerando abril de 2011 respecto a diciembre del 2008 (28 meses), la cotización del dólar disminuyó un 34% medido en reales y un 26% medido en pesos chilenos, un importante revalúo de las monedas locales, aproximadamente a razón del 1% mensual.
¿Puede combatirse a esta enfermedad? Sí, tratando de impedir el ingreso de capitales especulativos y, fundamentalmente, procurando evitar que el exceso de divisas presione en el mercado interno al tipo de cambio, ya sea porque se invierten  en el exterior o porque los percibe el estado, aumentando de esta forma las reservas monetarias del país. Al primer remedio lo utilizó con éxito Noruega, ante la suba del precio del petróleo; el segundo se utiliza en nuestro país con las retenciones a las exportaciones y con la política del Banco Central de comprar el exceso de oferta de divisas, evitando la caída de su cotización, y emitiendo deuda pública para neutralizar el dinero emitido en esa  compra. Pero el verdadero remedio hubiera sido la implementación de las retenciones móviles, que no se pudo aplicar por las presiones de la Sociedad Rural y de sus socios políticos, incluyendo el voto “no positivo” del vicepresidente Julio Cobos.
Con la política seguida en Argentina se produjo, en el período considerado más arriba, una depreciación del peso del 18,8% respecto al dólar y del 22% respecto al euro. Esto, sumado a la mejoría en la productividad promedio y al revalúo de las monedas de los principales países con los que se comercia, ha evitado la pérdida de competitividad de nuestras exportaciones. De todas formas, la depreciación de nuestra moneda no parece compensar el aumento de costos originados por las presiones inflacionarias, por lo que hay que estar alerta para evitar en el futuro las consecuencias de la enfermedad holandesa.