La frase del título es del escritor argentino Manuel Puig, autor de Boquitas pintadas; recorría hace cinco años la expectativa de miles de personas que aguardaban fuera del recinto del Congreso la votación de una de las leyes que se convirtió en punto de inflexión de las luchas por los derechos de las llamadas “minorías sexuales”. Hace 5 años el movimiento gay y lésbico celebraba la aprobación de la ley de matrimonio igualitario, que representó el reconocimiento en igualdad jurídica a las parejas que ya estaban formadas y abrió la puerta a quienes deseaban ingresar a ese marco conyugal. Alguien afirmó que las leyes, además de dar derechos, educan. Una igualdad que representó un valor en una parte de la sociedad, pero al mismo tiempo irritó a quienes desde los rincones más conservadores defienden sólo la unión entre un hombre y una mujer sin pensar que hay otras formas de deseo y de amor. Al referirse a los matrimonios igualitarios, el papa Francisco se refirió a una colonización ideológica de la familia y advirtió que hay que tener cuidado porque “intenta destruir a la familia”.
¿El matrimonio no es la unión más profunda entre dos seres humanos?, ¿no representa los valores más altos del amor? Incluso entre personas del mismo sexo. Los progresistas de ayer, de hoy y de siempre entienden que la diversidad, eso que podría entrar en la categoría de “cambio de paradigma”, pertenece a la vida real. Una diversidad conseguida a través de la lucha de organizaciones LGBT (lesbianas, gays, bisexuales y transexuales) y que de ninguna manera pertenece a un partido político. La ley generó que la discriminación por razones de orientación sexual se volviera políticamente incorrecta.


