Por ADRIANO CALALESINA
De a poco, este gobierno municipal ha entendido que existe un mundo sensible e inmaterial en la gente que traspasa las fronteras de la veneración hacia la obra pública.
La recuperación de algunas fiestas populares es uno de esos complejos mundos. Estos festejos, que eran moneda corriente en los gobiernos del MPN, de a poco van tomando una aggiornada forma en esta gestión. Claro está, con otros matices administrativos y puesta en escena.
El caso del carnaval es paradigmático. También lo es el aniversario de Centenario, a pesar de que desde la comuna se ha insistido en mudar ese festejo a la Fiesta del Pionero, contra la voluntad de un grupo que ha resistido la controversia de estos cambios.
Más allá de los gobiernos, existe en la gente (es difícil hoy no llamarla público o consumidores) una inercia muy grande que la empuja a participar de festejos que de alguna manera identifican algunas tradiciones perdidas de este pueblo en ascenso.
Es sugestivo el eslogan del carnaval “Nada grande puede hacerse sin alegría”, una frase atribuida a Arturo Jauretche, donde se sintetiza de alguna manera el cambio rotundo que ha padecido la forma en la que la sociedad se apropia de la cultura. No sólo en Centenario, sino como un proceso de globalización de la industria cultural, que ha cooptado al Estado.
¿Debe la cultura trasmitir valores de conocimiento o simplemente entretener? ¿Debe ser la cultura un objeto de diversión o de aprendizaje? Y en todo caso, ¿pueden combinarse las dos posturas? Éstas son una preguntas que han generado anónimas batallas pero sin fundirse en un debate social.
Vale destacar que existe una tendencia progresiva del Estado a reemplazar la palabra “cultura” por la de “espectáculo”. Y en los últimos tiempos, la palabra “espectáculo” por la de “show” o fiestas masivas, de insistente pretensión popular. Entre toda esta telaraña de conceptos, se confunde lo popular con lo masivo y da lo mismo Soledad que Marcelo Tinelli.
Es curioso, pero los cambios demuestran que trabajar para los eventos masivos es una actividad que persigue la rentabilidad política de estos tiempos. Para muchos la clave del éxito radica en la cantidad de gente que asiste a un evento. Es por eso la obsesión de los gobernantes por los números y la concurrencia: si es más, mucho mejor. Lo demás, queda en un decoroso segundo plano.
Ya no es un pueblo
Centenario de a poco va dejando de ser un pueblo. No sólo en habitantes sino en la transformación de los sujetos sociales.
Un sujeto en decadencia es la figura del “pionero”, no en la persona, sino en el símbolo que se afirma cada año con un insistente relato hegemónico del incansable esfuerzo por producir las desérticas tierras donde hoy estamos viviendo. Sin pueblo, la figura del pionero se desvanece. Esta localidad ha crecido y el sujeto inmigrante ha quedado fundido con los problemas de la muchedumbre que hoy el gobierno municipal debe atender con urgencia.
Paradójicamente, los sectores populares rinden culto a los pioneros participando de las fiestas en su nombre. Pero, por el contrario, rara vez los pioneros son la cabeza activa de estos festejos, con la excepción de un grupo que pretende preservar el patrimonio histórico.
Lo que está claro es que una ciudad va mucho más allá de sus obras materiales. Estos signos de intentar rescatar la historia digna de los pueblos -más allá de los debates profundos- de a poco intentan moldear el concepto de desarrollo urbano, para convertirlo en humano.


