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La Mañana Berbel

Casi un siglo con Marcelo Berbel: el hombre al que habitaban las palabras

Hace 99 años nacía el más prolifero poeta de la Patagonia. Vida, recorrido y legado del quien supo ponerle letra y música a cada rincón de Neuquén.

Marcelo Berbel escribió sus primeros versos a los 7 años, en el pizarrón de la Escuela N°22 de Plaza Huincul. Pero su mamá, mucho antes supo que su hijo sería poeta: desde el día en que lo escuchó llorar en la panza. Dice un antiguo relato Mapuche que cuando un bebé llora antes de nacer, es porque será un entu-g’li: una persona capaz de interpretar el mundo que la rodea más allá de los sentidos, para volverlo palabras.

No hay certeza alguna de qué estrella le dio a ese niño su destino de decidor, lo que no se puede refutar es que su obra es un aguafuerte del Neuquén, grabada a viento, barda y jarillal en sus más de 1357 letras de canciones, coplas, libros y músicas.

Su historia empieza hace 99 años, el 19 de abril de 1925 en Campamento N°1, Plaza Huincul, allí donde Neuquén también comenzaba a escribir la suya con el petróleo. Eligió para nacer el Día del Indio Americano y eso lo llenaba de orgullo. Fue el segundo de los 10 hijos que tuvieron Juan Ramón Berbel con María Teresa Arriagada. Él un español pintón, que en 1913 había llegado junto a su padre desde Almería, España, para trabajar en la construcción del Dique Ingeniero Ballester. Juan era pequeño aún, así que le dieron tareas en la cocina para alimentar a los cientos de trabajadores que construían esa obra fundamental para la producción del Alto Valle. Cuando llegó el momento de volver a su país, se escondió de su papá en el puerto de Buenos Aires; un tiempo después, volvió a rumbear solo hacia el sur.

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Marcelo Berbel fue a la Escuela 22 de Plaza Huincul.

Marcelo Berbel fue a la Escuela 22 de Plaza Huincul.

Ella, en cambio, era una mujer de rasgos fuertes y mirada profunda como el río. Nacida en Espinazo del Zorro, a orillas del Catan Lil, fue anotada en un Registro Civil chileno con el apellido del dueño de la estancia en la que trabajaba su madre. Pero ella era Puel, hija de esta tierra y por sus venas corría sangre Mapuche.

Los padres de Marcelo, se conocieron en Allen unos años antes de que Juan entrara a trabajar a YPF y empezaran a construir esa familia inmensa. Ya en Plaza Huincul, después de cenar, Juan invitaba a María Teresa al “balcón de las delicias” y subían juntos, cariñosos, a la torre del campamento, rodeados de la prole, a disfrutar del cielo neuquino y de ese amor que siempre tuvo su vuelo propio.

Divertido, rebelde, encantador: poeta. Marcelo aprendió desde muy pequeño a ser un buen hermano mayor. Aprendió el valor de lo sencillo y la libertad de jugar contra el viento trepado a la torre frente a su casa. Pero también a reconocer y respetar sus raíces. Le gustaba decir que venía de padre europeo y madre americana y más tarde, a entender: “la sangre americana es la que me duele más”.

Una patria llamada Neuquén

Un poeta es antes el que mira, el que sabe escuchar sin tiempo, un sentidor permanente. Marcelo practicaba todo eso con disciplina. El cielo era para dormirse mirándolo; los amigos para visitar y compartir el vino; los piches para seguirles la huella; la cordillera para hacerse pequeño ante la inmensidad; la tristeza, para volverla palabra y que nadie note que se llora.

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El poeta Marcelo Berbel era un amante del Norte neuquino.

El poeta Marcelo Berbel era un amante del Norte neuquino.

Quizá esa obstinación por celebrar lo sencillo fue la que lo llevó a convertirse en el más prolífero y fundamental poeta de la Patagonia. Y aunque no le gustaban esas grandilocuencias, hay que decir “lo justito y nada más”.

También es justo decir que nada de ese camino lo fue haciendo solo. Tuvo amores pilares: la música, Chita, hijos, nietos, raíz y una Patria llamada Neuquén.

Era casi un niño cuando Berbel ingresó en el Ejército para tener una salida laboral y estudiar música. Integró la Banda, donde aprendió tambor, fliscorno y trombón y se convirtió en profesor de Teoría y Solfeo. Solía decir que su voz ronca venía de tocar esos instrumentos de viento (más tarde, lo operaron dos veces de tumores de la garganta). Lo cierto es que esos años fueron una base fundamental para la música, aunque paradójicamente nunca aprendió a silbar muy bien.

A Chita, Rosa Edith Rodriguez, la conoció en Allen, también cuando era muy joven. Marcelo llegaba a los bailes con uniforme, gomina: encantador. Chita se volvió su compañera para siempre y la madre de sus cuatro hijos Néstor, Hugo, Marité y Dante.

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Marcelo Berbel contrajo matrimonio con Rosa Edith Rodríguez,

Marcelo Berbel contrajo matrimonio con Rosa Edith Rodríguez, "Chita".

Marcelo comenzó a amasar su obra. Escribir, componer eran parte de su vida como respirar. Lo hacía de manera intuitiva, en una suerte de don indescifrable, el mismo que explica que un hombre que jamás leía, sabía el nombre de todas las cosas. En su escritura había inspiración, pero también oficio y compromiso. Si las palabras no venían, empezaba a barajar su mazo de cartas y jugaba una y otra vez al solitario. A su familia les decía que tenía un Duende que le dictaba lo que debía escribir; pasaba horas en su compañía, a nadie se le ocurría interrumpir ese diálogo en el que todos creían.

Con duende, en soledad o rodeado de la paisanada; luciendo con orgullo su pañuelo, bombacha y alpargatas; metiendo las manos en la tierra; viajando de rancho en rancho; recorriendo 100 kilómetros en tres lunas; a la vera de un arroyo cordillerano; con un caramelo de fruta o un chocolate en la boca; payando sin parar al volante, pero sobre todo con una profunda admiración a su Neuquén humilde y mestiza, es que escribió el legado más inmenso que un artista le haya hecho a la provincia.

Cientos de piezas quedaron registrada de forma manuscritas y metódica en sus clásicos cuadernos tapa dura; en sus dos discos: “Jarillal, poemas y canciones” y “Qué quiere que le diga” y en cuatro libros.

Y así como es difícil determinar en qué momento Don Berbel se enamoró de la escritura, hay un punto de inflexión en su carrera y fue cuando La Pasto Verde cobró trascendencia a nivel nacional. “La zambita neuquina”, como le decían por el norte, fue grabada por Los Andariegos, que la llevaron a Cosquín.

Fue grabado por León Gieco, Rubén Patagonia, Las Voces del Sur, Ricardo Iorio, Jorge Cafrune, Los Carabajal, Soledad Pastorutti, Hermética, Edgardo Lanfré, Mercedes Sosa, entre otros grandes. Admirado por el Cuchi Leguizamón, René Favaloro, Daniel Toro; amado por Felipe Sapag , Jaime de Nevares, Horacio Guaraní y tantos otros imprescindibles. Su casa era de puertas abiertas y mesa compartida. Su poesía, una comuníon.

Los Berbel

Sin embargo, fueron sus hijos Néstor (Guchi) y Hugo Marcelo (Chelito) los primeros en difundir la obra de su padre en una combinación de voces extraordinaria. Los Hermanos Berbel, a sus ocho años, le dijeron a todo el país que Neuquén tenía un poeta, un sonido, una identidad.

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Néstor y Hugo, dos de los tres hijos varones de Marcelo Berbel.

Néstor y Hugo, dos de los tres hijos varones de Marcelo Berbel.

Tras la muy temprana muerte de “Guchi”, apenas unos días antes de que saliera un álbum que había grabado junto a su hermano en Buenos Aires, “Chelito” no abandonó la música. Y cuando la pequeña Marité se subió al escenario, Los Berbel volvieron a brillar.

En 1992, Chelito murió producto de una dura enfermedad. Aún con el infinito dolor de haber perdido a sus hermanos, Marité siguió cantando. Y es en ella, en su voz sin tiempo; en trío junto a su hija Ayelén y su hijo Traful -quien además le puso música a más de 64 poemas de su abuelo- donde la obra de Berbel una y otra vez alza vuelo.

"Pliega el cóndor sus alas muy arriba cuando el tiempo lo llama al final, yo en cambio cuando pliegue mis cuadernos, espero que la vida eche a volar", escribió alguna vez Berbel, consciente quizá de la profundidad de su legado.

Del corazón de las rogativas, del choique purrun, de su propia raíz mapuche, creó el ritmo folklórico del Loncomeo. “Mi política es celeste y blanca, y mi patria son los mapuches”, decía orgulloso. Sobre esas convicciones, fundó la primera música patagónica originaria, pero también permitió que por primera vez muchos conocieran una historia, una cosmovisión, una herida y una cultura viva.

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Sonrientes y divertidos, Marcelo junto a su hija Marité.

Sonrientes y divertidos, Marcelo junto a su hija Marité.

Siempre consecuente, junto a Osvaldo Arabarco compuso “Neuquén Trabun Mapu”. En 1989, el entonces gobernador Pedro Salvatori, designó esa canción como el Himno Provincial del Neuquén. En poco tiempo, se convirtió en el himno provincial más cantado y más querido en todo el país: el único que reconoce a un pueblo originario y la inconmensurable riqueza del mestizaje.

Marcelo Berbel también fue Convencional Constituyente, ciudadano ilustre, un abuelo amoroso y un amigo sin peros. Pero sobre todo, fue un hijo amado de esta tierra.

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Marcelo, junto a su nieto Néstor y el equipo que grabó Punta de Flecha.

Marcelo, junto a su nieto Néstor y el equipo que grabó Punta de Flecha.

A las 18.45 del 9 de abril de 2003, a sólo diez días de cumplir 78 años, Marcelo Berbel murió en el policlínico de Neuquén, rodeado por su familia. Su huella vive y vivirá en todas las neuquinas y neuquinos como una canción de cuna a la que siempre se ha de volver.

Cada poeta en su territorio: Las Golondrinas

Unos meses antes de su muerte, Marcelo viajó a Cosquín a ser parte del Encuentro de poetas con la gente.

Con el poeta salteño Ariel Petrocelli, se fueron a pasar la tarde al río. El Cosquín corría plácido bajo el sol de enero y las golondrinas lo sobrevolaban como una bruma. Marcelo estaba sentado bajo una sobra y escribía en una libreta pequeña. Petrocelli, que estaba en el agua, le gritó:

—¿Sabe Berbel? Ahí en el mismo lugar donde está usted sentado en este momento, Jaime Dávalos escribió Las Golondrinas.

Y entones Don Marcelo arrancó la hoja de la libreta y la rompió en pedazos.

“¿Adónde se irán volando por esos cielos, brasitas negras que lustra la oscuridad?”

No hay nada que hacer: cada pluma s su paisaje, a cada poeta su milagro, aunque después compartan el cielo como las golondrinas.

Unos años después de aquella tarde, por iniciativa de Freddy Martino, se levantó un monolito en Cosquín para recordar al gran poeta de la Patagonia. Años después, fue tristemente demolido. Pero sí hay una esquina que lleva su nombre y otra un poco más allá, el de Jaime Dávalos.

Cuevita de Oso

Cuando Marcelo tenía que decir algo importante, armaba una cuevita de oso con el acolchado y ahí reunía a sus queridos. Era un refugio: la forma en que ese hombre alto, fuerte, que se imponía de solo estar, quedaba indefenso. Ahí también guardaba a los perros peludos que rescataba de la calle, cada vez que Chita lo retaba por traer un nuevo bicho a la casa.

Marcelo tenía esas magias. Y aunque sus nietos y su hija extrañen esa complicidad, a veces encuentran alguna de las notas que dejó enrollada y escondida en el ladrillo hueco de una pared o en un viejo adorno. A veces sino, lo siente aparecer en el viento, en el reflejo de un lago cordillerano, como un susurro chiquito, apenas perceptible, para recordarles a los suyo que no caminan solos. Y es difícil saber, si Marcelo no se fue o siempre está volviendo.

La tristeza

El cuero no sabe resistir la pérdida de dos hijos.

Marité recuerda que el día que murió Guchi, a la noche fueron todos a acompañar a Chelito a presentarse en una peña. Los Berbel jamás apagaron su canto, aunque las gargantas les fue quedando en carne viva.

Cuando Guchi se fue a los 18 años, Marcelo compuso El Mar y mi pena, luego, Jarillal. Años más tarde, el cáncer se llevó Chelito y entonces escribió Gracias a Dios que estoy vivo.

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Marcelo Berbel compartió muchos momentos con su amigo Horacio Guarany.

Marcelo Berbel compartió muchos momentos con su amigo Horacio Guarany.

Ni este hombre al que habitaban las palabras puedo conseguir la justa para nombrar lo que no tiene dimensión. Si escribió: “soy presencia arrastrando vida, esta pena ha de andar escondida después de mi”. Y unos días antes de su muerte: “Quiero mirar hacia el cielo pero escuchar hacia adentro. Y se me van los suspiros, las cosas del sentimiento. De aquellas voces queridas, anda en mi sangre el acento y me motiva el sollozo, ecos en el pensamiento. Por eso miro hacia el cielo, tal vez halle lo que siento”.

Y hacia allá partió.

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