Miguel y su perra “Chula” llevan siete años juntos mientras comparten una vida tranquila, lejos de las sirenas y las emergencias.
Después de años de vocación, Miguel aprendió a disfrutar de lo simple: quedarse en casa, salir a caminar y mirar cómo Chula duerme tranquila. Ella también sabe de servicios, viajes y jornadas de trabajo. Durante años fue perra de Gendarmería y hoy es la compañera inseparable de este bombero voluntario que transita sus últimos años en el petróleo.
Miguel Ángel Maldonado tiene 53 años y está vinculado a los bomberos voluntarios desde que tiene memoria. Nació y creció en Comodoro Rivadavia, en una familia donde la vocación de servicio parece transmitirse de generación en generación: hermanas, cuñados, sobrinos y más de diez integrantes de su familia llevan el mismo apellido dentro de los cuarteles.
Mientras su historia con los bomberos crecía, también avanzaba su carrera dentro del mundo del petróleo. Durante años combinó las largas jornadas en los yacimientos con la disponibilidad permanente que exige ser bombero voluntario. Trabajó en distintas provincias, recorrió miles de kilómetros y se capacitó en rescate, incendios y estructuras colapsadas, incluso en cursos realizados en otros países. Hoy trabaja en Neuquén y espera que llegue el momento de jubilarse para poder instalarse definitivamente en la cordillera.
Pero entre todos esos kilómetros, incendios, pozos y cuarteles, hay una historia que ocupa un lugar especial. En uno de sus trabajos en Tierra del Fuego conoció a Chula, una perra que estaba a punto de retirarse de Gendarmería. El encuentro fue casi una casualidad. Años después, aquella perra que también había dedicado buena parte de su vida al servicio se convirtió en su compañera de todos los días.
Una vida entre sirenas y pozos
Durante décadas, Miguel tuvo que aprender a acomodar dos mundos que rara vez daban tregua. Por un lado, estaban los turnos en el petróleo, que podían llevarlo durante semanas o meses lejos de su casa. Por el otro, el cuartel y esa certeza de que, ante una emergencia, había que estar disponible.
En aquellos años todavía no existían los diagramas laborales que hoy son habituales en el sector petrolero. Miguel recuerda jornadas extensas, viajes constantes y una vida marcada por las rutas. Pasó por Mendoza, Salta, Tierra del Fuego y distintos puntos de la Patagonia, mientras intentaba sostener al mismo tiempo su lugar dentro de los bomberos voluntarios de Comodoro Rivadavia.
"Fue bastante difícil", reconoce al mirar hacia atrás.
Pero esa combinación también terminó alimentando su formación. A través de su trabajo en el petróleo pudo acceder a capacitaciones especializadas en rescate, incendios y estructuras colapsadas, algunas de ellas fuera del país. Con el tiempo llegó a desempeñarse como oficial auxiliar de escuadra y acumuló una experiencia que todavía hoy siente como parte de su identidad.
Hace alrededor de doce años dejó el servicio activo. Sin embargo, hay cosas que no se jubilan. Miguel todavía se acerca a los cuarteles, conserva sus equipos y, cada vez que escucha hablar de una emergencia, siente que algo adentro suyo vuelve a ponerse en movimiento. "En mi corazón siempre sigo activo", confiesa.
El incendio que lo golpeó de cerca
Durante décadas, Miguel estuvo preparado para llegar a los lugares donde ocurrían las tragedias. Sabía cómo actuar frente a un incendio, un rescate o una estructura colapsada. Había pasado buena parte de su vida entrando a casas ajenas cuando otros necesitaban ayuda. Pero en 1996 el fuego golpeó su puerta y, esta vez, no había entrenamiento que alcanzara para tomar distancia.
Tenía apenas 24 años cuando su entonces pareja provocó un incendio en la vivienda que compartían. Ella sufrió quemaduras en gran parte de su cuerpo y murió días después.
La paradoja no se le escapa: había elegido una vida dedicada a estar cuando otros atravesaban momentos límite, pero cuando la tragedia le tocó de cerca, ya no era el bombero que llegaba para ayudar a otros. Era Miguel, atravesando en primera persona una situación que no podía controlar.
En aquellos años, la profesión le demandaba largas jornadas fuera de casa y, en ocasiones, llegaba a ausentarse durante meses. Hoy reconoce cuánto tiempo pasó lejos de su pareja y de su hogar. Después del incendio, quedó prácticamente paralizado durante un año. Adelgazó, perdió su casa y atravesó un duelo para el que, según recuerda, todavía no existían los espacios de acompañamiento psicológico que hoy considera fundamentales ante cualquier situación traumática.
"Ser bombero es estar preparado para otras personas, pero cuando te toca a vos...", resume al recordar aquella experiencia, sin llegar a terminar la frase.
El día que encontró a su compañera ideal
Años después, en otro extremo del país, el petróleo volvió a cruzar su camino con una compañera inesperada. Miguel trabajaba en San Sebastián, en Tierra del Fuego, y pasaba habitualmente por el puesto fronterizo donde prestaba servicio Gendarmería. Allí conoció a Chula, una perra que llevaba varios años trabajando para la fuerza en tareas vinculadas a la detección de drogas.
Miguel estaba a punto de terminar su trabajo en la zona y regresar a Comodoro Rivadavia cuando surgió la posibilidad de adoptarla. "Se dio justo, ella estaba lista para jubilarse", recuerda. Miguel aprovechó para llevarla con él y desde entonces, hace unos siete años, no volvieron a separarse.
Los años de servicio quedaron atrás y también la intensidad de aquellas jornadas. Hoy Chula es una perra mayor, pasa buena parte del día durmiendo y descansando, y necesita otros cuidados. Y Miguel se ocupa de que así sea: la saca a pasear para que pueda tomar aire y mantenerse activa dentro de sus posibilidades. Cuando a él le toca trabajar, la deja en una guardería para que también esté acompañada y cuidada durante su ausencia.
Su amor por los animales también se extiende más allá de Chula. Cuando tiene días libres, Miguel construye cuchas para perros que viven en la calle y busca, dentro de sus posibilidades, darles un lugar donde refugiarse.
"A ella quiero darle lo mejor y que descanse. Y que cuando se quiera ir, que se vaya bien", dice Miguel. Y así, aquella compañera que encontró casi por casualidad en el extremo sur del país terminó convirtiéndose en una presencia inseparable en su vida.
Una jubilación entre árboles y ríos
Ahora Miguel espera los últimos años antes de jubilarse del petróleo. Le quedan menos de cuatro y ya tiene claro qué quiere hacer cuando llegue ese momento: instalarse en la cordillera.
Encontró en Neuquén algo que lo atrae y lo invita a quedarse: el verde, los árboles y el agua. Todavía se sorprende al ver tantos ríos y tanta vegetación. En Comodoro Rivadavia, cuenta, el viento y las condiciones climáticas hacen mucho más difícil que crezcan los árboles. "Acá tirás algo y sale", dice, todavía maravillado por una naturaleza que durante años tuvo lejos.
Por eso quiere quedarse. No busca grandes cosas. Cuando piensa en su futuro no habla de lujos: habla de tranquilidad, de naturaleza y de poder descansar la cabeza después de tantos años de rutas, pozos y emergencias.
Mientras espera esa nueva etapa, Chula permanece cerca. Ella ya cumplió su servicio. Miguel todavía tiene unos años más por delante. Pero los dos, después de una vida marcada por la vocación y el movimiento, parecen estar aprendiendo juntos una tarea completamente distinta: disfrutar de la tranquilidad.
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