Durante 36 años, los hilos del fútbol argentino fueron manejados por las manos ágiles y sospechosas de Julio Grondona, un hombre al que casi nadie se le animó en vida y que dejó este mundo un año antes de que se destapara el FIFA-gate, del que no hubiese podido escapar. Sin esa figura todopoderosa, la dirigencia del fútbol argentino intentó rearmarse, más limpia, con caras nuevas, sin los pecados que se cometieron en esas tres décadas y media del “todo pasa”. Pero no pegan una.
El bochorno del 38 iguales en las elecciones del 2015 fue, para algunos, un aviso de que había que hacer cambios profundos. Para otros, sólo una muestra de lo que son capaces, siempre de espaldas al hincha, tejiendo entre sombras, con los intereses propios (y de los más poderosos) por encima de todo, manchando la pelota con el único fin de comer una porción de la millonaria torta que reparte nuestro deporte más querido. Hoy, a tres años y medio de la muerte de Don Julio, todo sigue igual de mal. Mientras esperan que el tiempo haga su parte y arregle el increíble error de agrandar el torneo de Primera a 30 equipos, ayer sentenciaron la desaparición del Federal B y del Federal C porque, dicen, esos torneos les hicieron mucho daño a las ligas regionales y endeudaron a sus clubes. Tardaron un poquito en darse cuenta...
Ojalá el nuevo formato de los torneos de ascenso haga que los equipos del interior no la tengan tan difícil, con viajes costosísimos y una escalera para llegar al fútbol grande que se hace interminable. Ojalá ayude para que las ligas recuperen fuerzas y gente, sentido de pertenencia, ingresos legítimos y la pasión que en las últimas décadas se mudó de la cancha al sillón del living. Ojalá estén a tiempo de arreglar tantos años de hacer las cosas mal.
Ojalá que con el nuevo formato de los torneos de ascenso los equipos del interior no la tengan tan difícil.


