Para la ciencia, la envidia disminuye con el paso de los años

Un estudio muestra que la diferencia está en la edad y no en el género.

San Diego
Si estás por debajo de los 30, tenemos una mala noticia para vos. Se confirmó que las personas que aún no han ingresado a la tercera década son más envidiosas.

Mal que nos pese, la envidia es uno de los grandes motores de nuestras acciones, pero hay un atenuante y tiene que ver con la edad.

Si bien autores, como el psicólogo holandés Niels van de Ven, definen que existe una envidia "benigna", utilizada para copiar o emular buenos ejemplos, y otra "maligna" en la que se presta atención a otros para encontrar sus debilidades, a nadie le gusta admitir un sentimiento que no está bien visto socialmente y que, por cierto, figura tercero en la lista de pecados capitales.

Sin embargo, para la envidia sirve el dicho de las brujas: nadie admite su existencia, pero que las hay, las hay.

Una investigación realizada por psicólogos de la Universidad de California, en San Diego, preguntó a 900 voluntarios, de entre 18 y 80 años, por su resentimiento hacia los demás.

La primera conclusión fue que, en términos generales son pocos los que escapan al resquemor.

Tanto el 79,4% de las mujeres como el 74,1% de los hombres confesaron haberlo experimentado en el último año.

A los más jóvenes les molesta el éxito ajeno en el amor, la popularidad o los estudios.

Estos números, además, revelan que no hay grandes diferencias según el sexo, algo que derrumba el mito de que ellas suelen ser más envidiosas que ellos. Aunque sí hay aspectos en los que cada uno tiene sus patrones.

Las mayores disparidades se observaron en la envidia por el éxito laboral, que captó a un 41,4% de los varones, frente al 24,5% de las mujeres; mientras que, en cuanto al aspecto físico, fueron ellas las más envidiosas.

Otro resultado llamativo del estudio fue que los entrevistados sentían ese resquemor principalmente por las personas de su mismo sexo. Esto ocurría incluso en el entorno laboral, donde el género, teóricamente, debería tener menos relevancia.

Pero si de hallar especificidades se trataba, la clave estuvo en la edad.

Los psicólogos detectaron que, de los participantes menores de 30, el 80% decía haber envidiado a alguien, mientras que el porcentaje caía hasta el 69% en los mayores de 50 años.

La brecha generacional también se percibió en los aspectos específicos que miramos con envidia.

Así, al 40% de los más jóvenes, por ejemplo, les molesta el éxito ajeno en el amor, mientras que eso sólo afectó al 15% de los cincuentones para arriba.

Los veinteañeros, además, admitían con más frecuencia que no soportaban a otras personas con mejor aspecto físico, posición social o que triunfaran socialmente o en los estudios.

La columna de Stamateas
¿Existe la envidia sana?

Licenciado en Psicología, sexólogo clínico y escritor (www.stamateas.com.ar)

Seguramente alguna vez te ha pasado que te dijeran que te envidiaban sanamente.
Pero, en realidad, la envidia sana no existe; como tampoco la enfermedad sana, es una energía negativa que es de destrucción.

La envidia nunca es positiva, y si conocen a algún envidioso podrán comprobar que la envidia ¡es terrible!

Ahora bien, todos en mayor o menor medida somos un poco envidiosos. La envidia es una emoción que tenemos que tener clara, porque en general está oculta, es secreta.

Mucha gente confunde la admiración con la envidia.

Sin embargo, la primera es positiva, es decir, lo que el otro logró me inspira, me motiva, me empuja a que yo también lo logre.

Pero la envidia no, ella es “te quito lo que tenés o lo destruyo”.

El mecanismo de la persona que envidia es muy sencillo, lo que hace es compararse, entonces en su interior hace una evaluación: “¿Puedo tener el auto que tiene mi amigo? ¡No!”; entonces lo descalifica, lo destruye. Siempre la persona que envidia va a descalificar o destruir lo que no puede tener o a la persona que lo posee.

El ser envidioso no se basa en la situación económica, o en cómo le haya ido a alguien en la vida, si no que tiene que ver con la baja estima.

Cuando una persona es insegura, no puede alegrarse por nuestro éxito.

Otros tienden a copiarnos, eso demuestra que son inseguros y que nos tienen como un modelo de idealización.

Además, el envidioso tiene un mundo interno donde se imagina más de lo que sucede y nos desea lo malo.

Por eso todos deberíamos preguntarnos: ¿cómo nos sentimos cuando a otro le va bien? ¿Realmente nos alegramos?

Una de las cosas que debemos hacer es no compararnos con nadie ni dejar que nos comparen.

Lamentablemente en la comparación siempre hay uno que gana y otro que pierde.

Un ejemplo que nos explica claramente lo que produce la envidia es la fábula de la serpiente y la luciérnaga.

Una vez, una serpiente empezó a perseguir a una luciérnaga. Ésta huía rápido con miedo de la feroz predadora y la serpiente al mismo tiempo no desistía.

Huyó un día y ella la seguía; dos días y la seguía. Al tercer día, ya sin fuerzas, la luciérnaga paró y le dijo a la serpiente: “¿Puedo hacerte tres preguntas?”. “No acostumbro dar este precedente a nadie pero como te voy a devorar, puedes preguntar”, contestó la serpiente.

“¿Pertenezco a tu cadena alimenticia?”, cuestionó la luciérnaga. “No”, le contestó la serpiente.

“¿Te hice algún mal?”, siguió preguntando la luciérnaga. “No”, volvió a responder la serpiente.

“Entonces, ¿por qué quieres acabar conmigo?”, concluyó la luciérnaga. “¡Porque no soporto verte brillar!”, dijo finalmente el reptil.

Este simple relato sirve para darse cuenta de que debemos seguir avanzando, porque siempre vas a encontrarte con personas que no disfruten tu éxito.

Por eso debemos elegir a quien contarle nuestros logros, pero nunca dejar de avanzar.

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