La tradición religiosa se convirtió de a poco en una norma cultural. Hoy, tanto cristianos como ateos hacen caso omiso a los mandatos que aseguran que en estos días de Cuaresma (cuarenta y seis días antes de la Pascua), sobre todo el Viernes y el Sábado Santo, no se puede comer carne. Las promociones en las pescaderías, pero también la suba abrupta de los pescados y mariscos, están a la orden del día. La tradición, más allá de las creencias y la fe cristiana, puede más. Incluso, muchos incrédulos que jamás pisaron un templo cristiano cumplen con el ritual de no comerse un asado en estos días y hacer una extraña abstinencia. Pero la dura estructura del hábito se empieza a descascarar, y a veces de las personas menos imaginadas. Hace unos días, en las redes sociales se empezó a compartir la idea de que en la previa a la Pascua, y más en este contexto de bolsillos flacos, se debía llevar a la mesa “lo que se puede”, como la mejor metáfora de la crisis. La frase, que puso en su cuenta personal de Facebook el párroco Rubén Capitanio, generó algo de revuelo y, por supuesto, simpatías de muchos sectores. “Soy sacerdote católico y en esta semana comé lo que quieras y lo que puedas. La vida cristiana no pasa por el estómago, sino por el corazón. Y si querés hacer sacrificio, abstenete de ser indiferente sin comprometerse con los que sufren”, escribió el párroco, quien ganó prestigio por acompañar luchas sociales, desde el día uno junto al recordado obispo neuquino Jaime de Nevares. Más allá de que muchos religiosos cumplen la tradición de fe a rajatabla, hoy los días previos a la Pascua no son otra cosa que parte del sistema de consumo: planificar un viaje los que pueden y comer pescado y huevos de chocolate.
La tradición de no comer carne la respetan hasta los que no creen en nada. Pero un cura abrió el debate.


