Redes sociales, la vida misma

Son como la vida misma, que nos lleva a alternar buenas con malas. Las redes sociales nos han inundado como una formidable herramienta de rastreo y recuperación de viejos afectos, y de comunicación instantánea a los fines que sólo la imaginación limite; pero también pueden abrir ventanas, puertas y portones para que "el otro" se zambulla en nuestra intimidad y nos vulnere.

Ejemplo: la ciudad fue testigo de dos noticias recientes vinculadas a la realidad de la inseguridad. De un lado, los vecinos del lejano barrio Z1 armaron un cómodo y gratuito sistema de autodefensa en base al Whatsapp. Clonado de otros barrios precursores, el grupo de wasapeadores ya no tiene que depender del método paleozoico de la llamada telefónica, y puede activar la alerta a velocidad superior a la que podría reaccionar la policía (y a distancia cero).

En paralelo, un incauto comprador publicó en Facebook de cuánto dinero disponía para adquirir un auto, y terminó esquilmado por sus "vendedores".

Un incauto comprador publicó en Face cuánto tenía para comprar un auto, y terminó esquilmado.

Éste es el mundo de los opuestos que convive en las redes segundo a segundo. Todo el tiempo nos tienta con lo que promete y muchas veces ofrece. Pero, a la vez, está plagado de navegantes que acechan detrás del nombre dejado al pasar, la foto descuidada en algún detalle, esa fecha reveladora, algún número, una dirección...

Por eso una palabra clave es pistas. Y la otra es atención. Cuanto más desatentos nos manejemos dentro de las redes, más las dejaremos sembradas de pistas para los delincuentes. Lo sabemos, pero vale la pena refrescarlo. Para que todo lo bueno que ganamos con estas tecnologías no se nos quede atragantado con una mala noticia.

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