No hace lobby. No sale en la tapa de los diarios. No se mete en polémicas ni formula declaraciones rimbombantes, de esas que garantizan amplio espacio mediático. No vende, como se dice ahora. Lo suyo pasa por otro lado. Por el bajo perfil, por la seriedad profesional, por la capacidad y el talento. Por los valores, los proyectos a largo plazo y la confianza en los recursos genuinos, en los pibes del club. Así es Camilo Soto, el neuquino que en 2017 sacó campeón del mundo a la selección argentina sub-23 de vóley, en un hito sin precedentes para esa disciplina. El técnico que demuestra toda su sabiduría en la presente edición de la Liga Nacional, como gran artífice del campañón de Gigantes, que a base de triunfos se ilusiona con meterse en el top 4.
En su visita a este diario, tras tocar el cielo con las manos con la celeste y blanca, el hombre al que el maestro Julio Velasco “descubrió” y lo llevó como su ladero a la selección reveló cierta intranquilidad por su situación económica, ya que prácticamente vive al día.
Por ello, más que merecido tiene Camilo ese contrato que firmó con la selección de Qatar, país al que se irá a dirigir una vez concluida la participación del Dino en la categoría más importante del vóley nacional.
Comprometido con los colores, la ciudad y la provincia, Soto sería incapaz de irse antes y dejar en banda a sus muchachos, como seguramente habrán pretendido las autoridades del exótico medio, que le abre las puertas de par en par para sacarle el jugo a sus conocimientos.
No tiene tanta prensa como el 10 de Cipo o el del Rojo. Pero es un ejemplo a seguir. Por suerte, Camilo es neuquino.
Tras hacer historia con la juvenil argentina, Soto es artífice del campañón de Gigantes en la Liga.


