Si no fuera porque de todos modos es bienvenida, la tardía renuncia de Fernando Niembro a su postulación como diputado no llega como consecuencia de un acto de integridad sino por mandato de las encuestas.
Los números le empezaron a dar mal a Mauricio Macri, y a pesar de haber sido el ingeniero el principal sostén del mayor periodista militante del PRO (recordemos que fue favorecido con 21 millones de pesos en contratos entre la Ciudad y la productora La Usina, de la que fue socio hasta hace muy poco), Macri tuvo que ceder y soltarle la mano.
El debate en lo más alto del partido amarillo intentaba establecer, hasta ayer, si en plena campaña se pagarían más costos políticos con Niembro adentro o con Niembro afuera. Hubo un operativo clamor para desprenderse del comentarista de Fox y de Torneos y Competencias que fue creciendo, pero la palabra “renuncia” jamás estuvo en boca de los dos principales candidatos: ni del propio Macri ni de la apuesta ganadora a la gobernación bonaerense, la eficiente María Eugenia Vidal. A pesar, incluso, de la presión creciente de los tres diarios anti-K de alcance nacional. Perfil el domingo, y ayer La Nación y Clarín dispararon sobre la esperanza blanca del llamado “círculo rojo” (o sea, del establishment) con argumentos similares.
Argumentos que no apuntaban a la ilegalidad de las operaciones, aun cuando La Usina tuvo extrañamente un solo cliente (el gobierno de la ciudad) y ningún empleado.
Los argumentos incluían tres palabras: falta de ética. Y un responsable mayor: el candidato presidencial de Cambiemos, el mismo que basa su cruzada en la necesidad de gobernar con transparencia, en la corrupción imperante y en los condenables negocios entre el poder y sus amigos.


