Un caballero que escapó del pasado y pasea en bici por Neuquén

Es un personaje de la ciudad. Hasta hace poco investigaba los delitos económicos.

Mario cippitelli
cippitellim@lmneuquen.com.ar

NEUQUÉN
Antes se dedicaba a investigar los delitos económicos como funcionario de la Policía neuquina, pero desde que se jubiló como comisario Horacio Alberto Ugüet encontró un pasatiempo que lo convirtió en un nuevo y pintoresco personaje de la ciudad de Neuquén.
Horacio es pareja inseparable de Penny Farthing, un velocípedo que es el antepasado de la bicicleta, con el que pasea por las calles de la capital vestido con atuendos de la época y capta la atención de todo el mundo.
Quienes crearon este vehículo lo bautizaron con ese nombre tan particular, por el tamaño de las ruedas y su proporción con las monedas británicas Penique y Farthing. Pero Horacio prefiere llamarla de manera menos distinguida y más cariñosa: la fabricante de sonrisas. Es que cuando sale a la calle con su bici vieja vestido de frac y galera la gente se para y quiere tomarse una foto con este personaje escapado de las calles de Londres, en el siglo XIX.
La Penny Farthing comenzó a fabricarse en Inglaterra en 1850 y su lanzamiento fue realmente revolucionario. Era el primer medio de transporte económico que tenía la gente para trasladarse de un punto a otro. Con el correr de los años, el velocípedo pasó a Francia, Italia y al resto de los países europeos hasta que finalmente llegó a Estados Unidos.
Pero ¿cómo surgió en este neuquino esa pasión por las bicicletas antiguas? “La busqué durante 15 años por todo el mundo”, reconoce Horacio y explica que se trata de la misma pasión que puede tener un coleccionista de autos viejos. Dice que había visto algunos modelos muy deteriorados o desarmados, que no respondían a su expectativa. Cierto día se comunicó con un uruguayo que le dijo que tenía una en perfecto estado y cuando la vio se enamoró. Quedaron en hacer la operación en Buenos Aires y ya en el Buquebus se dedicaron a armarla.
“En la Argentina hay de este tipo: una que está de adorno en un comercio de Buenos Aires y la otra que es la que tengo yo, que anda y está impecable”, dice orgulloso.
Lo primero que hizo cuando la tuvo en su poder fue buscarle el único accesorio que no tenía: el farol para iluminar el camino de noche. Después de mucho rastrear, encontró uno original marca Miller en Buenos Aires. El pequeño artefacto funciona con aceite, pero el utiliza queroseno. Se prende la mecha, se le cierra el compartimento vidriado e ilumina de manera increíble.
Una vez que tuvo la bici armada y completa se dedicó a aprender, algo que no es sencillo ya que el asiento se eleva a 1,70 de altura. Pero las ganas que tenía pudieron más que cualquier dificultad y así comenzó a pedalear por las calles neuquinas como si se tratara de algo muy normal.
Cierto día pensó que para hacer honor a su nueva compañera tenía que vestirse con atuendos de la época. En Buenos Aires compró todo lo que hacía falta y el primer día que salió por Neuquén con su look antiguo y su impecable Penny Farthing la gente quedó maravillada. “Todos se acercan para verla y se sacaban fotos”, dice orgulloso.
Horacio suele salir casi todos los días, aunque tiene recorridos acotados por una cuestión de seguridad. Es que la bicicleta no está diseñada para hacer maniobras bruscas y el freno “es muy rudimentario”. Por eso prefiere ir al Paseo de la Costa o a los lugares con bicisenda que son más seguros y menos riesgosos que algunas calles congestionadas de la capital.
Así, por los senderos de las plazas y las callecitas costeras aparece cada tanto este recuerdo viviente de caballero inglés, con su impecable traje y galera y con su amada Penny Farthing, aquella bicicleta del siglo XIX que se escapó del museo para reconvertirse en una simpática máquina de fabricar sonrisas.

Pura imaginación para conseguir los repuestos

El mantenimiento de la Penny Farthing no es una tarea sencilla y cada vez que se le rompe algo tiene que hacer malabares para encontrar los repuestos. Hace poco, Horacio notó que la rueda trasera estaba muy deteriorada y buscó alguien para que la reparara. El problema es que las ruedas del velocípedo son de caucho macizo y no tienen cámaras, por lo que tuvo que pedir ayuda en las casas que se dedican a la reparación de neumáticos.
Una silla de ruedas antigua sirvió para encontrar un rodado similar. Un gomero la soldó y la vulcanizó y Horacio se dedicó a lijarla con toda la paciencia del mundo hasta que tuviera la curvatura perfecta.

Aferrado a su tesoro
Por más plata que haya, no piensa venderla

Horacio admite que más de una vez le quisieron comprar la bicicleta, pero que él se negó. Reconoce que hoy la Penny Farthing no tiene precio y que la podría vender en una suma importante si quisiera. Pero es tan grande el cariño por este vehículo antiguo que prefiere tenerla guardada para salir a disfrutar las tardes en sus paseos por la ciudad.
Además, la vieja bicicleta le abrió muchas puertas para conocer gente de otros lugares. “Me contratan de todos lados para fiestas o para eventos; para mí es algo muy gratificante”, asegura.

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