Un parche, no una solución

Pablo Truffa.

Recorrer las renovadas instalaciones del Parque Valentina era hasta hace una semana sinónimo de libertad. Las familias se agolpaban en ese espacio para disfrutar las tardes primaverales y aprovechar un predio que tiene todo: sombra, sol, césped, cemento, juegos y espacios para hacer lo que a uno le guste, sea un niño que gatea o un abuelo que sólo se deleita con unos mates al aire libre. Y todo eso estaba acompañado por un plus extra: la tranquilidad de sentirse seguro, con estricto control para ingresar y vigilancia permanente durante la estadía. Sin embargo, esa paz interior comenzó a perderse desde hace unos días, desde que caducó el contrato con la empresa de seguridad que estaba en el lugar. Hoy, las siete hectáreas están bajo el ojo de un policía, quien sólo se limita a ver quiénes ingresan y cómo lo hacen. Y eso, al menos, es una luz de alerta.

Un grupo de vecinos pusieron el grito en el cielo por la falta de seguridad en el Parque Valentina.

La gente seguirá yendo. De hecho, la concurrencia no bajó durante estos días de calor agobiante. Pero el ánimo que se respira no es el mismo. Para algunos fue una sorpresa; para otros una decantación pos eleccionaria. Más allá de las argumentaciones esgrimidas por los funcionarios responsables, quienes usan estas instalaciones no comprenden las razones. Más cuando hace pocos meses escucharon que el espacio -al que se le pusieron más de 6 millones de pesos- se reinaguraba para terminar con la violencia, el ocio improductivo, las drogas y el alcohol.

Si bien el desagrado de quienes habitualmente utilizan estas instalaciones duró pocas horas, la bronca se hizo notar. Pero la preocupación quedó latente y se siente. Es que lo que ayer se inauguró con bombos y platillos y estaba resguardado con candado, hoy parece estar atado con alambre.

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