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La Mañana

Un sostén de los pobres

Virginio BressanelliPadre obispo de Neuquén

En mi vida he visto solamente dos veces a don Jaime. Ahora lo sigo descubriendo a través del testimonio de mucha gente, sobre todo de los humildes que encontraron en él un amigo, un hermano, un padre, un buen pastor, un defensor de la vida y de los derechos humanos; un hombre valiente, sencillo, cercano y alegre. Muchos se sintieron dignificados por él porque entró en su rancho, los escuchó, se interesó por su familia, se solidarizó con su dolor y sus luchas, los llamó por su nombre, les dio luz y esperanza, les dio voz y protagonismo en la sociedad, alentó todo signo de vida que surgía en su camino, lo oían por radio, lo festejaron en su parroquia o capilla, lo vieron andar por todos los polvorientos caminos de la provincia en su estanciera y a caballo, los bendijo y les regaló la gracia de la palabra de Dios y de los sacramentos. Todos vieron en él un apasionado por la verdad y la justicia, un hombre de fe, un cristiano de verdad.
Don Jaime sigue viviendo en la mente y en el corazón de la Iglesia neuquina, que camina iluminada por su palabra y el ejemplo de su vida, y que lo considera un esclarecido profeta, un testigo fiel y coherente del Evangelio, un sostén de los pobres, un servidor de todos.
El amor de Cristo lo empujó a vivir totalmente para los demás. Solo su gran amor por Cristo y por su Iglesia explica su compromiso en todas las causas justas hasta sus últimas consecuencias.