Las novelas atrapan. Desde tiempos remotos, las intrigas familiares enganchan a la gente, y con la irrupción de la TV los escándalos se adueñaron cada vez más seguido de la pantalla. Nos gusten o no los ahora llamados “programas de la tarde”, cualquiera sea el tiempo que le dediquemos a una revista de farándula mientras esperamos el turno en la peluquería, saber de la vida del otro tiene ese no sé qué... y nos roba unos minutos el chisme del día, de la semana, del año. Y si el reality incluye como protagonistas a los cada vez más numerosos “Maradona”, con un lastre de personajes centrales, secundarios y extras, potenciado todo por las redes sociales, en las que cada tuit se convierte en noticia, el banquete está servido desde el vamos.
¿Cuál es el límite de lo privado? Cada vez está más difuso. ¿Cuál será el final de esta nueva saga? Ni Alberto Migré podría imaginarlo. ¿Cómo se ve afectada la imagen del mayor ídolo deportivo que tiene nuestro país con cada nuevo capítulo? A veces hasta a los maradonianos nos cuesta remarla... La grieta de la que hoy tanto se habla, el Diez la inventó mucho antes, siempre apegado a la lógica amigo-enemigo con la que se movió dentro y fuera de la cancha. Sus broncas lo manejan, como su magia manejaba la pelota, sin poder descifrar el resto de los mortales el siguiente paso. Claro que aquello era un placer que llenaba los ojos y los corazones, y estas batallas cada vez más recurrentes, tormentosas y tristes, aumentan el rating de los programas con la misma fuerza con la que lastiman los recuerdos imperecederos de un futbolista único; un personaje que se empecina en darles de comer a los que menos lo quieren con flaquezas que lo enfrentan a sus seres queridos, agregando dosis de amor, dinero y traiciones cada vez más altas y peligrosas.


