Por GEORGINA GONZALES
Neuquén > Con su mirada puesta en el cielo desde muy chico, Roberto Figueroa busca hasta hoy vida en el universo. Hombre de voz pausada, inquieto y estudioso, disfruta día a día de mostrarle a la sociedad todo lo que se descubre a través del telescopio.
Su gusto por la astronomía comenzó desde muy pequeño. A Roberto no le importó el fútbol, el boxeo, ni ninguna otra actividad deportiva, sino que su único interés fue conocer todo lo que había “ahí arriba”. “Fue una fascinación la que ejerció el cielo sobre mí”, confesó.
Nació en Mar del Plata, donde a los 7 años tuvo la suerte de que un hombre le mostrara el cielo con un telescopio. “No lo podía creer y dije: 'Esto hay que mostrárselo a la gente, decirle que las cosas no son como se ven a simple vista'”, describió mientras recordaba a aquel alemán a quien le prometió, a pesar de su corta edad, compartir el cielo.
“Pero yo no sabía ni lo que era la palabra astronomía. Era la primera vez que había visto un telescopio y no era tan importante. A mí me sorprendió, me cautivó, me gustó y me apasionó. Me dije: 'Voy a buscar los caminos para hacerlo'”, comentó.
Por diferentes situaciones de la vida –que prefirió no mencionar–, con sus 7 años Roberto se fue solo al norte de la Argentina. “No sé qué pasó con mis padres, nunca más los vi. Fui al norte, porque el camionero que me llevó iba para allá”, afirmó.
Subirse a ese camión fue para Roberto iniciar una nueva vida. Su primera parada fue San Luis, desde ahí otro camionero lo llevó a Salta, después pasó a Bolivia, Perú, Paraguay y Uruguay. Después subió por el norte de Brasil a Venezuela. “Y así fui pasando la vida. Fue fantástico. Si volviera a nacer volvería a hacer lo mismo”, contó sin ocultar la emoción.
Aseguró que en el camino encontró muy buena gente. “Y eso lo tengo que devolver, de hecho es lo que estuve haciendo toda mi vida”, confesó.
A pesar de sus constantes viajes, para Figueroa lo más importante siempre fue mirar el cielo. “En cualquier trabajo que tuviera, lo primero que hacía era comprarme un buen par de binoculares, siempre que viajaba lo hacía con poco equipaje. Llegaba a un lugar, trabajaba y compraba las cosas que quería, y todo era para mirar el cielo. Yo quería saber qué había ahí arriba. Después aparecían las preguntas más inquietantes: ¿de dónde surgió esto?, ¿estamos solos en el universo?, ¿por qué estamos incomunicados con el resto del universo?”, explicó.
Estudió astronomía en distintos institutos especializados, aunque para él además de quemarse las pestañas estudiando “uno ya viene con una habilidad”.
“A Albert Einstein, sin buscar compararme con él ni mucho menos, lo echaron de la escuela porque no casaba una, y sin embargo fue un pilar en la física y toda la ciencia. Y no es sólo él, Galileo, Newton o Copérnico ¿a qué universidad fueron? A ninguna parte, pero fueron tipos brillantes”, afirmó el astrónomo, quien además confesó que esta ciencia lo apasiona porque está muy aparejada con lo “religioso”.
Durante gran parte de la charla, dejó en claro que su principal preocupación es saber cómo se formó el universo.
“Por ejemplo, un reloj, una computadora, son cosas complejas y sabemos que alguien las hizo. Pero nuestro cerebro y nuestros ojos son las estructuras más complejas del universo. No hay con qué compararlo. Uno queda tremendamente sorprendido de la complejidad que eso tiene”, expresó y agregó: “Todo lo que ves hecho, las computadoras, los aviones, las bombas, los cohetes, los satélites, estaban en el cerebro de una persona o de varias. Creo que todo el universo lo creó Dios y nosotros somos corona de la creación; no hay nada más complejo”.
A los 27 años se volvió a la Argentina. Fue a Mar del Plata, luego a Bahía Blanca, después a Usuahia, Bariloche y pasó por Neuquén –donde nacieron sus tres hijos– para finalmente radicarse hace 20 años en la capital.
“El cielo que hay en Neuquén es el más rico del planeta. Es incomparable. Nosotros miramos hacia adentro de la galaxia, y de acá la vemos perfectamente. Desde Europa o Estados Unidos miramos hacia fuera de la galaxia donde las cosas están mucho más lejos, necesitas telescopios más grandes y no hay tanta cantidad”, aseguró.
“Fui un tipo muy curioso, la naturaleza me atrae sobremanera, el hecho de que estemos absolutamente solos, porque hasta el día de hoy nadie tiene nada, jamás detectamos una señal, un bip bip inteligente procedente de otra civilización que haya desarrollado una tecnología”, dijo.
Roberto pasó sus 67 años estudiando las estrellas, observando planetas y midiendo su velocidad de traslación. Y aspira a dejar como legado “el conocimiento”.
El observatorio más austral del mundo
Neuquén > Roberto Figueroa viajó toda su vida con su saber sobre el universo bajo el brazo. En 1993 logró, con ayuda de otras personalidades, inaugurar en esta ciudad el observatorio más austral del mundo.
Cuando llegó a Neuquén visitaba asiduamente Plaza de las Banderas, donde llevaba su telescopio para estudiar las estrellas, saber en qué horario se iba a poder ver Júpiter o los cometas. Esas investigaciones luego le servían para escribir artículos que vendía a revistas especializadas a través de la Sociedad Planetaria, de donde es miembro activo.
Pero ese telescopio en el medio de la plaza cada vez convocaba a más espectadores. “Venía gente de Cinco Saltos, Cipolletti, de todos lados. Y cada vez más. Un día un hombre se cayó con el telescopio y ahí fue cuando dije que había que hacer un observatorio astronómico porque había demasiada gente interesada”, recordó Figueroa.
Se reunió con el entonces gobernador Pedro Salvatori para comentarle su idea. “Además de Salvatori, César Balda y Alberto Pesiney me ayudaron a llevar adelante el proyecto. Ellos trabajaron sin pedir nada a cambio”, recordó.
“Yo fui uno más, sin ellos no hubiera hecho nada, y sin mis hijos tampoco”, confesó Figueroa.

