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La Mañana Messi

¡Ya 15 años! El debut de Messi en mundiales y su primer gol

La Pulga tenía apenas 18 años y ya pintaba para ser el protagonista principal de una era en el fútbol. Su diálogo con Pekerman de aquella tarde en Alemania.

La ciudad era, posiblemente, la más difícil de pronunciar: Gelsenkirchen. La cancha, techada, la única de esa condición en el Mundial de Alemania 2006, repleta, con amplia mayoría de argentinos. ¿El rival? Serbia y Montenegro, un seleccionado europeo que había hecho una muy buena Eliminatoria en su continente, pero que ya no era un país: se habían independizado y los serbios iban por un lado y los montenegrinos por otro. En ese contexto, la Selección Argentina tuvo su día ideal, porque jugó el mejor partido de la Copa, porque ganó, gustó y goleó (6-0), y porque vivió un doble acontecimiento histórico: hace 15 años, Lionel Messi debutó en un Mundial y, además, convirtió su primer gol.

Y lo hizo de derecha, como para que la jornada fuese aún más trascendente. Fue el sexto gol del equipo, después de haber recibido una asistencia perfecta de Tevez, de haber controlado de zurda y haber definido fuerte con la diestra al primer palo. Ese partido, también, tuvo un gol -el segundo, convertido por Cambiasso- que 25 días después fue elegido el mejor de la Copa, porque antes de la definición hubo 26 pases en una jugada de la que participaron nueve jugadores (sólo no intervinieron Abbondanzieri y Burdisso).

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Fueron muchos temas para tocar, todos de felicidad plena, aunque a nadie escapaba que si por algo ese partido quedaría en la historia, sería por lo que ocurrió a los 42 minutos del segundo tiempo, cuando Leo metió su gol. O casi a los 30, cuando reemplazó a Maxi Rodríguez y comenzó a escribir uno de los capítulos más trascendentes de su vida y del seleccionado nacional.

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José Pekerman había logrado amalgamar la experiencia con la juventud en aquel equipo, del que conocía bien a la mayoría de sus jugadores porque los había dirigido desde las selecciones juveniles. Consideraba a Messi una “bendición” para el fútbol argentino y supo desde el primer día en que lo convocó para jugar un partido con la Mayor -aquel fallido debut en agosto de 2005 en Hungría, cuando el referí lo echó 40 segundos después de haber ingresado por sacarse de encina con un manotazo a un rival que lo venía hostigando desde atrás- que lo llevaría a la Copa del Mundo. No iba a permitir que la historia lo dejara marcado a él como el que dejó afuera al futuro mejor jugador del mundo, marca que al día de hoy perdura sobre Menotti por haber hecho algo similar en 1978 con Maradona.

Cada uno tuvo sus razones y las de José estaban sostenidas por el convencimiento de que Messi debía estar porque podría aportarle cosas que ningún otro jugador de ese equipo le daba. Ni Riquelme, ni Tevez, ni Saviola, ni Crespo, ni Aimar… Ninguno tenía el ángel que sí se evidenciaba en Lionel, la frescura y el desprejuicio para tocar y gambetear, para definir o dar un pase gol, como el que le puso a Crespo en el 4-0 contra los serbios y montenegrinos, antes de que él convirtiera el suyo. Messi, en definitiva, aportaba un desequilibrio que nadie tenía.

Pero lo que no tenía, obviamente, era experiencia, roce. Y el técnico quería que eso lo fuese ganando con el correr de los días, compartiendo espacio y diálogos con los más grandes, aunque se lo solía ver más bien callado, siempre muy pegado a Oscar Ustari, el tercer arquero. Y siempre muy pegado, también, a una pelota. La que rebotaba contra las paredes de la habitación cuando armaba desafíos justamente con su amigo arquero, al que elogiaba porque jugaba bien con los pies, o cuando se abstraía del mundo y sólo quedaban él y la pelota al término del entrenamiento, sin que nada importara: ni las miradas admiradas de sus propios compañeros, del cuerpo técnico o de los que estábamos afuera, siendo testigos de un malabarista divirtiéndose con sus habilidades. O, en realidad, de un chico que amaba más que a nada y más que a nadie tener la pelota en sus pies, en un entrenamiento o en la cancha.

Messi 2006

La Selección había empezado bien el Mundial 2006, ganándole un partido complicado a Costa de Marfil, a quien venció con claridad aunque sufrió algunos sobresaltos. Quizá por esa sensación de que faltó algo más para lucir fue que el tema post partido, el que principalmente resultó punto de análisis y debate, pasó por Leo y su ausencia: ¿Por qué no había jugado ni un minuto? Tan fuerte era el sinsabor, que un hincha se lo reprochó a Pekerman cara a cara, al término de una práctica a puertas abiertas y provocó un insólito enojo público del DT.

-¿Hasta cuándo vas a guardar a Messi, José? -preguntó el argentino.

-¿Y por qué no venís vos acá? -fue la cortante respuesta que se oyó de parte del entrenador, desbordado por un cuestionamiento que, evidentemente, no se esperaba.

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De todos modos, sabía que había un “runrún” al respecto. No eran pocos los que le insistían que le diera minutos al crack juvenil que estaba a menos de dos semanas de cumplir 19 años. Buena parte de la prensa se lo pedía, claro; ilustres desconocidos, como aquel muchacho que lo increpó tras la práctica, también; e ilustres conocidos, incluido el más ilustre de todos: Maradona. “Tiene una marcha más que el resto, es un fenómeno. Yo respeto mucho a Pekerman pero Leo tiene que jugar”, decía Diego, quien estuvo muy participativo con aquella Selección. La iba a visitar al vestuario antes de los partidos e, incluso, había ido a almorzar con el plantel y el cuerpo técnico a la concentración argentina, que estaba en la localidad de Herzogenaurach.

Y antes de aquel debut en la cancha y en la red de Lionel, Maradona hizo una arenga grupal antes de que el equipo entrara a jugar, y otra individual, para Messi, a quien todos veían como su sucesor aunque él prefería hacerlo terrestre para no cargarlo de presión. “Me dijo que estuviera tranquilo para cuando se dé la oportunidad. Y me deseó suerte. Para mí fue una gran motivación”, contó Lionel. Cuando clavó el derechazo, que se coló entre las piernas del arquero, Messi festejó, sonriente, casi tímido, reconociéndole a Carlitos Tevez el pase que le había dado, mientras que Diego, en la platea, levantó los brazos y festejó con estridencia mirando al cielo, a lo Maradona.

Messi había llegado a ese Mundial más que como una promesa del fútbol argentino, más que como una promesa del Barcelona de Rijkaard que acababa de ganar la Champions League… Messi llegaba como una figura del marketing deportivo. Además de un crack en la cancha, los nuevos tiempos se empezaban a imponer y Leo estaba señalado para ser su emblema. Bastaba con mirar la cartelería callejera en Berlín, Hamburgo, Munich, Nuremberg, Frankfurt, en cualquier ciudad alemana, para advertir que era ya un fenómeno publicitario. Adidas ya lo tenía en su team y el Mundial se jugaba en la tierra de los creadores de las tres tiras. Por eso, se lo podía ver en un afiche o, directamente, ilustrando el paredón lateral de algún hotel cinco estrellas.

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Pero puertas adentro, elegía mostrarse con sencillez, sin alardes, salvo deslumbrar con sus malabares con la pelota en los ratos libres de los entrenamientos, aunque -está dicho- eso respondía más a su pasión que a una fanfarronería que, por cierto, no necesitaba. Sí precisaba el afecto de su familia, a pesar de que no le faltaban reverencias por parte de los fans. Pero la cercanía de los suyos era fundamental para mantenerlo en equilibrio, y por ahí andaban su papá Jorge y sus hermanos, caminando como tantos familiares, ansiosos por ver jugar a su ser querido y felices, como estaban los Messi después del partido contra Serbia y Montenegro. Al día siguiente, en la Argentina se celebraba el Día del Padre y en Herzogenaurach, Alemania, también se festejó. “Mi papá me acompaña siempre, me apoya en todo. La primera camiseta que usé en Barcelona se la regalé a él y en su día le voy a reglar ésta que usé en la Selección”, contó Leo que recibió, también, un saludo desde Rosario, de su mamá, Celia, quien lloró de la emoción cuando su hijo metió el gol y repitió el llanto, ahora compartiéndolo directamente con Leo del otro lado del teléfono.

El fútbol, que a Messi a lo largo de su vida le regaló decenas de alegrías incomparables, aquel 16 de junio de 2006 le obsequió una de las que más añoraba desde su infancia. Como aquel otro 10, el que nació en Villa Fiorito, hace 15 años pudo cumplir su sueño de jugar en un Mundial para Argentina y, encima, meter un gol. Todavía le queda otro por cumplir, el sueño que la vida por ahora se empeña en no hacérselo realidad: salir campeón. Pero todavía le queda una ficha en el bolsillo y ansía, como todos, poder jugarla a ganador dentro de un año y medio, en Qatar 2022. Aunque antes, como desde siempre, seguirá gozando con la pelota. Jugar a jugar… El sueño del pibe.

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