Que no se sabe a qué juega Boca ya se ha dicho. El problema, en una recta final a la que le queda apenas un mes, cinco finales, 450 minutos de fútbol, es que lo hace cada vez peor. Así, la definición de un torneo que no se le debería escapar más por la tabla que por su mérito será sufrida, como lo fue el fin de semana. Respiraba por Benedetto (en la única chance que le dieron sus compañeros, con un pelotazo del arquero y un mal despeje, a 30 metros del arco), sufrió por su inoperancia defensiva (en los últimos minutos les está regalando una oportunidad o un gol a sus rivales), siempre presente en los minutos finales, y volvió a respirar gracias a Central, que marcha undécimo en el torneo pero que tiene cosas de las que el líder carece (identidad, idea, confianza en su última línea).
Boca está a cinco partidos de campeonar con un arquero que todavía no rindió ninguna gran prueba y que el sábado regaló dos puntos. Y con una defensa en la que ninguno es inamovible. Al contrario, hacen fila para que el Mellizo los saque. Y con la presión en aumento, la cosa no parece mejorar.
Con un guiño en el fixture propio y en el de River, su principal amenaza, con Independiente jugándose una final en La Bombonera este fin de semana, a los hinchas de Boca les queda una esperanza y una preocupación, que es la misma: el destino, gracias a los rosarinos, está otra vez en propias manos, las de un plantel sin líderes, con flaquezas que asombran, rezando en cada partido para que la fortuna le sonría. Porque desde el juego, aunque los campeones suelen no discutirse, el conjunto de Barros Schelotto todavía se encuentra muy lejos de ser el mejor de todos.
Boca volvió a respirar gracias a Central, que tiene cosas de las que el líder carece: idea, identidad, seguridad.


