El parque de la felicidad

Los chicos disfrutan los juegos del espacio recreativo de calle Mitre.

Flavio Ramírez
ramirezf@lmneuquen.com.ar


Neuquén.- Nacho vuela en la hamaca y a sus cuatro años se siente como Superman, el superhéroe al que hace poco vio en el cine. Susana, su mamá, observa sentada en un banco cómo Nicolás, el papá, lo impulsa con cuidada energía. El ruido de autos, motos y colectivos que circulan por la calle Mitre no acalla los gritos de alegría de los niños y niñas. La escena, que sucede todos los días, se repite a pocos metros, donde otros padres cuidan de sus hijos mientras juegan en el Parque Central, en el espacio que administra desde hace cuatro años el Centro de Veteranos de Malvinas.

Sobre una carpeta de goma esponjosa hay hamacas, toboganes, pasamanos y distintas figuras para trepar, todas hechas en madera y metal. También hay juegos integradores.

A su lado, y encerrados tras una valla, un saltarín, un trencito de la alegría, una calesita y dos peloteros gigantes llaman la atención de los más pequeños. Todos quieren usarlos, pero hay que pagar $35 para estar cinco minutos en el saltarín, $15 para dar una vuelta a la calesita, $30 por quince minutos en el pelotero inflable y $35 si alguno quiere viajar en el Tren de la Alegría.

El predio abre de lunes a sábado de 9:30 a 22 y los domingos a partir de las 16. En el lugar, los grandes pueden disfrutar del buffet, disponer de la guardería de bicicletas y hacer uso de los baños públicos.

Daniel David, presidente del Centro de Veteranos, precisó que por día más de 200 familias compran una entrada para los juegos mecánicos; cifra que muchos domingos se eleva. "El clima y la fecha del mes ayuda a que haya más o menos chicos", asegura Nora, la encargada del predio.

10.000 personas por semana pagan 2 pesos para usar los baños públicos del parque.

Aunque el lugar se llena de familias que pasan la tarde, los fines de semana suele verse a muchos papás solos, que están separados y acompañan a sus hijos a entretenerse. Sobre los bancos y mesas de cemento se instalan familias enteras que entre mate y mate siguen atentos las travesuras de sus niños mientras esquivan los cruces imprudentes de los adolescentes que practican cuanta pirueta puedan arriba de sus skates.

El lugar es un punto de referencia para muchas de las personas que visitan la ciudad. "Está muy bueno para sacar a los chicos y que se diviertan un rato", asegura Jorge, quien vino a pasar el día desde Allen.

"Los chicos lo disfrutan, porque es un lugar de recreación y pueden jugar con nosotros cerca. Esta plaza blanda es una garantía de que ellos no se van a golpear", agrega David, quien vive en Junín de los Andes pero está en la ciudad de visita.

A pesar de que todo es alegría, hay algunas voces que descargan críticas. Se quejan del "mal" cuidado del lugar y de los precios, que muchos consideran desproporcionado. "Está bastante deteriorado, sobre todo con el paso del tiempo. Lo disfrutamos bastante cuando era nuevo, pero ahora los juegos están bastante rotos, los que estaban más alejados ya no están", resalta David.
El descuido es algo que se observa a simple vista: la carpeta de goma ya muestra grandes agujeros, hay juegos rotos, mesas y bancos despintados y los árboles aún no son lo suficientemente grandes como para dar sombra.

Además de la atención diaria, los veteranos hacen un trabajo social. Atienden sin costo a chicos de comedores, de hogares y de escuelas especiales. También reciben a decenas de alumnos de escuelas rurales que llegan a la capital a pasar el día. Los ingresos les permiten vivir a 10 familias y mantener activo el predio.

Con la llegada de la noche, se encienden las luces de la calesita. La música de los altavoces no tapa el llanto de Nacho que, aferrado a la valla, resiste el intento de su madre de volver a la casa. Quiere dar otra vuelta. Sólo desiste tras la promesa paterna de regresar el próximo domingo.

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