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El primer satélite que habló en español se hizo en Neuquén

Se llama Pehuensat y fue un proyecto pionero de la Universidad Nacional del Comahue. Esta semana, cumplió 14 años en el espacio.

El primer satélite en la historia que habló en castellano se llama “Pehuensat”. Lo fabricaron en Neuquén, en la facultad de Ingeniería de la Universidad Nacional del Comahue (Unco), y entró en órbita el 10 de enero de 2007. Esta semana, cumplió 14 años en el espacio.

El Pehuensat-1 fue un hito tanto para la provincia como para el país. Al día de hoy, sigue siendo el único satélite construido por una universidad pública. Se lanzó al espacio desde el centro Satish Dhawan, en la India, y le “habló” al mundo a través de un procesador de voz, hasta que se agotó la vida útil de sus baterías.

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Desde entonces, gira alrededor del planeta a 600 kilómetros de altura, a una velocidad de siete kilómetros por segundo. “Cada tanto, se inclina y baja un poco, porque el viento solar lo va frenando, pero recién se va a caer dentro de 40 años”, comentó Jorge Lassig, docente de la Unco, apasionado por el espacio y uno de los principales impulsores del Pehuensat.

Recordó que todo el proyecto “fue una patriada”, una aventura en la que se involucraron desde estudiantes de Ingeniería del segundo año hasta docentes con doctorados en física y electrónica.

“Significó años de esfuerzo y mucho sacrificio, porque encima teníamos a la Comisión Nacional de Actividades Espaciales en contra, que no quería que las universidades construyeran satélites y antes había parado proyectos en la UBA y la UTN”, relató.

Batallando contra molinos de viento cual quijotes, en enero de 2007, los investigadores del Comahue pusieron en órbita su propio satélite. No pudieron llevarlo a Cabo Cañaveral y la alternativa fue la India. Una comitiva lo llevó hasta allá, dos meses antes del lanzamiento.

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Luego vinieron semanas de mucha ansiedad, porque el arranque del Pehuensat era con baterías reutilizables y había que cargarlas antes de que partiera el cohete. Siempre estaba la chance de un olvido. Ese 10 de enero de 2007, nadie durmió en Neuquén, a la espera del lanzamiento previsto para la 1.30 de la madrugada.

“El satélite estaba parado y, una vez en órbita, tenía un contador para prenderse, pero buscamos la señal como dos días y ya pensábamos que lo habíamos perdido, hasta que un radioaficionado en Taiwan lo captó”, comentó Lassig. Cuando llegó el aviso, la facultad de Ingeniería fue una fiesta.

El Pehuensat transmitía un mensaje por radiofrecuencia, en el que se identificaba e informaba la ubicación, tensión y temperatura. Los mismos datos se replicaban en castellano, inglés e hindi y había un correo electrónico para contactar a la Universidad.

Lassig señaló que para ellos, que nunca antes habían construido un satélite, “con que funcionara una semana, ya era un éxito”. Pero se quedaron cortos, porque recibieron una lluvia de avisos de radioaficionados de todo el planeta, que testimoniaron el paso del Pehuensat durante seis meses.

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El profesor confió que hoy no lo entusiasma tanto el logro técnico como el humano. “Creo que el éxito más importante de esos 15 años en los que hicimos cosas para el espacio fue crear un equipo de gente que se animó a la investigación espacial en nuestra universidad”, afirmó.

Recalcó que, aunque su nombre es el más conocido, “fuimos muchos en esto y hay gente que se jubiló, otros trabajan en distintas partes del país y el mundo, pero todos tenemos el orgullo de haber puesto en órbita el primer satélite fabricado por una universidad pública y, lamentablemente, el último”.

Un tambor astronauta en el caos de las Torres Gemelas

No sería posible un satélite pionero como el Pehuensat sin una historia previa de investigadores que se atrevieron a soñar en grande. Así fue que el 11 de septiembre de 2001, cuando el mundo se conmovía con el atentado a las Torres Gemelas, Jorge Lassig lamentaba su mala suerte en una sala del centro espacial Kennedy de la NASA.

Ese fatídico día, él iba a llevar un contenedor con experimentos de microgravedad de la Universidad del Comahue para enviarlos al espacio. El destino quiso que llegara a la cita en medio de la convulsión por el atentado.

“Comenzamos en 1997 con experimentos en microgravedad y fuimos al centro espacial Jhonson, donde hacen vuelos parabólicos y entrenan a los astronautas”, recordó Lassig.

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Señaló que, en 2001, estaban en la última etapa del proyecto PADE “para volar una carga útil en un transbordador”. Agregó que “la gran anécdota fue que llevamos los experimentos el 11 de septiembre de 2001, teníamos que ir a integrar en el centro de la NASA y justo pasó lo de las Torres”.

“Por suerte, estuvimos 15 días allá, hicimos las pruebas, quedó el contenedor y en diciembre fue el lanzamiento”, señaló.

El tambor astronauta pasó 11 días en órbita y volvió a la Tierra. Lassig lo tenía que ir a buscar en enero de 2002. “Ahí me agarró el corralito y fue una odisea, como para escribir un libro sobre cómo hacer investigación espacial con todo en contra”, bromeó.

Hoy, como trofeo, guarda los experimentos que pasearon por el espacio en un rincón de su oficina.

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El trabajo de equipo que hizo historia

El Pehuensat-1 fue el sexto satélite fabricado en nuestro país. Intervinieron en el proyecto 17 docentes y 44 estudiantes de la Universidad del Comahue. También colaboraron la Asociación Argentina de Tecnología Espacial, fundamental para el lanzamiento, y la red de radioaficionados AMSAT. La facultad de Ingeniería aportó gran parte de los recursos. Tardaron más de cinco años en terminarlo.

Una caja de zapatos con paneles solares

Por su tamaño, el Pehuensat está clasificado como nanosatélite. Es un poco más grande que una caja de zapatos y pesa seis kilos. La estructura es un cubo de aluminio espacial con paneles solares en una de las caras. La parte electrónica consiste en una computadora, baterías recargables con luz y la antena para transmitir. Se fabricó con fines educativos, por eso usaba una señal de radiofrecuencia.

Al Pehuensat-2 le falta un padrino

El programa espacial de la Universidad continuó con el Pehuensat-2, de doce kilos y equipado con una cámara que toma imágenes. En los últimos años, se trabajó en el desarrollo teórico, los circuitos básicos y el modelo de ingeniería, pero falta el respaldo político y económico para ponerlo en órbita. Hubo contactos con un grupo israelí y una universidad de Brasil, pero aún no aparece un padrino.

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