Hay una situación recurrente en la vida interna de la UOCRA: es el modo violento en el que el gremio arregla sus diferencias. En los últimos 15 años, los cruces entre sectores del sindicato abundaron en balaceras y armas, muchas veces a casi nada de la catástrofe. En ese lapso, sucesivos gobiernos provinciales mostraron las preocupaciones de rigor, pero no quisieron comprarse un problema y por momentos se relacionaron con el sindicato como buenos aliados políticos. La situación económica, el desempleo y cierto asomo de reactivación en la cuenca neuquina les dan hoy a los reclamos y a las peleas del gremio otro tenor. La UOCRA pone en escena su reclamo por empleo en la puerta de entrada a Vaca Muerta, en Añelo y Rincón de los Sauces, parte sustancial del corazón económico de la provincia. Y lo hace mientras se transita la recta final hacia las elecciones de octubre. Los cortes de ruta, el malhumor que generan, son sólo una de las patas del problema. Lo cierto es que el Gobierno se preocupa por capitalizar, en la agenda pública, la llegada de varios centenares de millones de dólares de las petroleras que le dan aire y, por la idea económica que instalan, le permiten atenuar la foto final del 2016 y su reguero de despidos en el sector petrolero. Al mismo tiempo, mientras trata de seguir atrayendo inversiones, juega fichas en la resolución de otro frente que es de los principales problemas políticos que afronta: el de las comunidades mapuches, las que proliferan como desde el fondo de la galera de un mago y las legitimadas por su historia. Son casos centrales, de esos que siguen con atención las empresas a la hora de medir sus oportunidades de inversión.
El gremio hace visible su reclamo con protestas que lleva adelante en el corazón económico provincial.
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