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La Mañana

La violencia de todos los días

La imagen de Emanuel Balbo siendo arrojado desde la tribuna del Mario Kempes causó estupor. Un estupor que se siente por primera vez cuando se ve cómo otros hinchas lo golpean al pasar, mientras huye desesperado de la golpiza inicial, impulsados por la sospecha de que era en realidad un fana de Talleres infiltrado en la popular de Belgrano.

Un estupor que crece cuando, otra vez, hombres ajenos a la disputa personal con el Sapito Gómez lo tiran al vacío desde la segunda bandeja después de pegarle en la nuca con toda la saña posible.

Un estupor que aumenta al ver las miradas pasivas y sin gestos de sorpresa ni de bronca de los cientos de testigos que contemplan la escena como si fuese cosa de todos los días.

Un estupor que no cesa cuando se ven los videos en los que, ya tirado en el piso, inconsciente, lo insultan y lo amenazan porque se suponía que era de la contra, cuando se lo ve sin las zapatillas que le robaron antes de que alguien lo atienda y se apiade de él.

Un estupor que se volvió indignación cuando se supo que Emanuel murió casi dos días después por las lesiones irreversibles que sufrió en la cabeza.

Un estupor que llena horas de TV y de radio, páginas de diarios y portales digitales, que llama a la autocrítica y la reflexión, que pide a gritos un cambio, una condena, que alguien, de una buena vez, haga algo.

Un estupor que empezará a desaparecer muy pronto, antes del fin de semana, cuando la pelota vuelva a rodar y nos olvidemos de Balbo, de las agresiones salvajes que inundan el fútbol como inundan los medios y las redes sociales, todos espejos de una sociedad que se espanta con la violencia pero que hace rato se está acostumbrando a convivir con ella.

El estupor que generó el video con las imágenes de las agresiones a Balbo se olvidará muy pronto.