Los buscavidas del Limay que le hacen frente al calor

Recorren la costa ofreciendo sus productos con un único fin: recaudar.

Sofía Sandoval
ssandoval@lmneuquen.com.ar

Neuquén
El agua fresca del Limay parece ser la única fuente de alivio ante el calor sofocante de enero. Sus costas repletas de bañistas son también una fuente de ingresos para numerosos comerciantes y vendedores ambulantes que ofrecen juguetes y alimentos a la orilla del río. En un día bueno, la actividad mueve no menos de 85 mil pesos sólo en los dos balnearios más convocantes de la ciudad, Río Grande y Sandra Canale (ex Gatica).

En un cauce de agua sin olas, el rumor suave del río y las conversaciones de la multitud se convierten en un ruido monótono y calmo. Sólo el grito a viva voz de los vendedores ambulantes rompe con ese bullicio apagado. "¡A los puflitos, a los puflitos!", vocifera René, un hombre que desde hace 10 años recorre desde Río Grande hasta Gatica con el objetivo de tentar a los más pequeños con sus cereales inflados de colores.

"Las ventas vienen tranquilas; vendo entre 60 y 70 paquetes por día", dice el vendedor, que usa anteojos oscuros y un gorro de ala ancha. Para él, la gente accede a llevarse sus snacks porque los vende a un precio accesible. "Es raro que a alguien le cueste desprenderse de 10 pesos", aclara.

Sin embargo, lo más elegido para saciar el hambre después de un chapuzón son los churros. A Ariel lo identifican desde lejos, sólo basta con divisar un sombrero blanco de mimbre entre la multitud para levantar la mano y que él se acerque con su canasta repleta de bolsitas de papel madera que desprenden olor a frito.

"Todos me conocen como sombrerito blanco; nuestros churros son muy famosos en Neuquén", indica el hombre, vestido de un blanco impoluto. Según cuenta, entre él y el carrito ubicado sobre Avenida Olascoaga venden unas 250 docenas de churros cada día.

"El calor nos ayuda mucho, no sólo porque empuja la gente al río sino porque les saca las ganas de cocinar. La mayoría no quiere hacer tortas para no prender el horno", explica Ariel mientras atiende a sus clientes en las playas del Gatica.

Feliciano es albañil durante el invierno y en verano, desde hace 30 años, se dedica a vender helados en las costas del Limay. Todas las tardes ubica 240 palitos en su heladera decorada con calcomanías y sale a tentar a los niños que se bañan en el río. "Muchas veces le vendo a un chico y cuando se acercan los padres a pagar me reconocen; dicen que ellos me compraban helados cuando eran chicos", recuerda Feliciano, con su rostro moreno enrojecido por el sol.

Sandra ofrece rosquitas y bolas de fraile junto a su familia, que la acompaña y le ceba tererés para contrarrestar el agobiante calor. "Es difícil mantener los precios del año pasado porque los insumos aumentan", dice y explica, a modo de ejemplo, que hoy la harina de 50 kilos cuesta $330, mucho más que en 2015.

Para Nani, que está a cargo de uno de los carros más importantes del Gatica, "la gente ya está acostumbrada a los aumentos de precios". Dudó mucho antes de subir el cono de papas fritas de 30 a 35 pesos, pero la gente se las llevaba sin quejarse. "Nos eligen porque somos el único carrito con luz y nunca se nos corta la cadena de frío", recalca.

Hasta bien entrada la tarde, el río sigue atrayendo a la gente que busca un refugio ante el sol impiadoso del verano. La mayoría de los vendedores se quedan hasta que sale el sol, mientras que otros regresan de noche con sus canastos vacíos y los bolsillos llenos. Las costas del Limay, además de un espacio de ocio y descanso, son, durante tres meses, una mina de oro.


Curiosidades: hay licuados y calzones rotos
Neuquén
Aunque en el río se detecta una presencia repetitiva en la oferta gastronómica, hay quienes se animan a vender productos diferentes. A las ya clásicas papas fritas, superpanchos y churros se suman ofertas más novedosas, como los pancitos saborizados, los licuados y hasta calzones rotos.

"Vendo los calzones rotos que hace mi hermana. Es una comida típica chilena que se parece a una torta frita pero bañada en almíbar", indica Jorgelina, enfundada en una malla rosa vibrante. Ella y su familia vienen de Copahue, donde el producto tiene mucho éxito, y lo ofrece a 40 pesos la docena.

Dos jóvenes esperan a sus clientes frente a un colorido carrito que vende licuados de frutas, que van de los 30 a los 75 pesos, según el tamaño del vaso. "Vendemos entre 30 y 50 licuados por día, pero sólo venimos los fines de semana", destaca Julián.


Opciones para todos los gustos
Neuquén
Cuando se trata de comprar alimentos en el río, se puede optar por los carritos o por los vendedores ambulantes. Si bien en la mayoría de los casos ofrecen productos diferentes, algunos encargados de los carros reclaman que hay una competencia desleal.

"Hay muchos vendedores ambulantes que no tienen habilitación comercial ni aprueban inspecciones de Bromatología", afirma una de las vendedoras de un carro de Gatica. Para ella, es injusto porque muchas veces los ambulantes le quitan la clientela.

Marisa, a cargo de otro carrito en el mismo balneario, no los ve con malos ojos y cree que es una forma digna de trabajar. "El sol sale para todos, todos podemos hacer ganancias", asegura.

El carrito vendedor de churros apela a los dos métodos de recaudación. Además de vender en el puesto fijo, tiene empleados que salen a recorrer los balnearios para llevar el producto recién hecho a los bañistas.

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